Wednesday, April 01, 2026


¿De qué hablamos cuando hablamos de comunidad?

Apuntes para romper el espejo del Narciso desde la vivencia encarnada

Por Eli Neira

01/04/26 

 

“Lo único que nos salvará es la comunidad organizada” no paro de escuchar últimamente a mi alrededor. Repetido como un mantra que nos va a proteger del fascismo y su mortífero avance, por la sola onda expansiva de su reverberancia. Como si no habláramos de prácticas y resistencias sostenidas en el tiempo que implican una radical transformación de los sujetos, sus relaciones y las subjetividades. Es decir, como si no implicara un sismo cultural.

La frase sale a la luz en contextos profundamente individualistas donde nadie haría nada por nadie si no hay mucho que ganar o extraer. Porque convengamos que la narrativa neoliberal nos ha sido implantada con una eficacia implacable. Y no hablo solo de mi generación, o de mis círculos, sino de la mayor parte de la sociedad chilena y global. Por dictadura, por colonialismo, por trauma, por flojera mental, por lo que sea, no hemos sido capaces de oponer una narrativa critica al mandato neoliberal que convierte a las personas en cosas, a las cosas en basura y todo lo que nos rodea en ganancias a corto plazo. Los chicago boys ganaron la batalla cultural y en Chile, entre los trabajadores del gremio artístico la mentalidad Fondart no ha hecho más que profundizar el monopolio de este imaginario. Me pregunto si estamos a tiempo de revertirlo.

También me pregunto ¿De qué hablamos exactamente cuando hablamos de comunidad?, ¿A qué nos referimos cuando decimos “nuestra comunidad”? 

En tiempos donde el estruendoso fracaso del individuo moderno, hegemónico, hombre, blanco, heterosexual, burgués, colonial, no nos deja oír nada más, me parece crucial detenernos en esta pregunta. ¿Qué entendemos por comunidad?, ¿Es posible recuperar lo común como el centro de nuestra vida en medio del Antropoceno, la sexta extinción masiva?

Compitiendo por los recursos materiales y simbólicos, sin el más mínimo piso ético, no queda mucho espacio para pensar lo común. Sin embargo, sabemos que es urgente.

Propongo entonces algunas reflexiones desde este pensamiento que he llamado encarnado, (en oposición o alternancia pensamiento académico) porque tiene su origen en mi experiencia total del mundo y no solo en las lecturas producidas en los circuitos de legitimación del conocimiento; sino también en la huella que esta experiencia ha dejado en mi cuerpo que es archivo somático y mi propia capacidad para leer el mundo y sacar conclusiones.

Entonces, desde este lugar, propongo comenzar por dilucidar lo que NO ES comunidad;

 

1)- Comunidad no es un grupo de whatsapp ni de facebook

2)- Comunidad no es una cartera de clientes

3)- Comunidad no es una cartera de acreedores

4)- Tampoco es la familia nuclear burguesa

5)- Ni es un club privado

6)- Ni la militancia en un partido político

                Aunque podríamos hacer comunidad residualmente en cada una de estas instancias, éstas no funcionan por si solas como tejido comunitario porque en todas ellas hay o puede haber instrumentalización y jerarquía. En todas estas instancias las personas estamos reducidas a cosas, datos o piezas dentro de una arquitectura de poder que en ningún momento desestabiliza las bases de la sociedad capitalista colonial, donde la exclusión o cosificación del que “no me sirve” o “no es igual” (por lo tanto, es inferior en la escala de pensamiento supremacista), es el dogma.

¿Qué es la comunidad entonces? Para los zapatistas “el común” es lo más evidente, pisamos un mismo planeta, respiramos el mismo aire, afectamos el mismo entorno, aunque no lo veamos y creamos que las consecuencias de nuestra destrucción no nos llegarán. Por lo tanto, el común o lo común existe, aunque no seamos capaces de percibirlo y permanezcamos atrapad@s en la burbuja individual e individualista, en el espejo del narciso.

El pensamiento indígena no percibe lo real como un barco lleno de cosas que robar, como lo hace el colonialismo, sino como un sistema complejo de relaciones y afectaciones múltiples donde todo lo vivo está conectado con todo lo vivo, y eso nos incluye, más allá de nuestra voluntad.

Entonces lo común, no es el grupo de iguales, no es lo que me conviene, sino la red de relaciones que soy capaz de establecer con todo lo que me rodea, con los que piensan diferente, con las personas de otra clase social, otras edades, grupos étnicos, otras sexualidades, otras especies, etc. ¿Está cabrón pensarlo asi no?.

Podríamos pensar la comunidad también como un circuito eléctrico por donde transitamos nosotres y nuestros valores a diario, física y virtualmente afectando y afectándonos. La red de relacionamientos que sostiene nuestra sobrevivencia en este plano. Pensado de esta forma, la comunidad es una ética, una forma de vincularnos y de estar en este presente y en este mundo.

Desde el anarquismo no podemos pensar la comunidad sin la ayuda mutua, nos reconocemos, ergo nos ayudamos, y el hecho de que esta ayuda sea “mutua” implica reciprocidad, otro pilar del pensamiento andino, donde lo que va, viene y donde saco, repongo, para resguardar los equilibrios cósmicos sobre los que se sostiene la vida.

La comunidad ya no es entonces una máquina de producción sino un tejido vivo que se expande y nos nutre, pero también se daña con el extractivismo, la apropiación, la cosificación y toda violencia sistémica que desconoce la otredad y que nos lleva a actuar como si no existiera nadie ni nada más en el mundo que nosotr@s y nuestros apetitos.

                Entonces, para sostenernos en comunidad, debemos primero cambiar radicalmente la episteme colonial con que entendemos el sistema mundo y nos relacionamos. Eso no es fácil ni rápido, ni cómodo. Requiere estudio, voluntad de entendimiento y de incomodarse (algo cada vez mas escaso) y sobre todo ¡Praxis! Una praxis sostenida, que no está dada, ni regulada, ni es automática, sino que implica la firme determinación de vincularme en un entorno de vivencias segregadas, renunciando al deseo de dominar o imponerme para dar paso a los acuerdos. Y lo más importante disposición para la conversación y para mirar a l@s demás como potencia epistémica y no como instrumento ni como recurso, es decir mirar el mundo como por primera vez, después de que el espejo de narciso se ha roto.

                Estamos hablando de un cambio de dimensiones civilizatorias, que involucra también al cuerpo porque las sustancias que ingerimos juegan un rol bien importante en la construcción de los imaginarios. ¿Podemos pensar el capitalismo sin el azúcar y sin la cocaína? Yo pienso que no. La gran maquinaria necesita cuerpos excitados para el rendimiento que exige la sobreexplotación.

                De la misma manera que el alcohol fue la herramienta colonial para arrasar con los pueblos originarios en América, la prohibición y la demonización sobre las plantas enteógenas de uso ritual sirvió al nuevo orden para desconectar a los originarios de la una importante fuente de identidad, medicina y conocimiento.

                Tampoco podemos desconocer el papel que juegan las nuevas tecnologías, las que de ninguna manera son inocuas. En ese sentido yo pienso que las tecnologías pueden ser herramientas que usadas de manera consciente y estratégica pueden impulsar el cambio, pero jamás desde las grandes corporaciones.

                No conozco a nadie aun que lo tenga resuelto porque no es posible sacarse del cuerpo casi 6 siglos de dominación, así como quien se cambia de camiseta, pero hay que empezar de alguna manera. Nos toca desaprender y reeducarnos. Para tod@s nosotr@s valga este texto.

 

 


Friday, January 22, 2021

"Hago el amor conmigo misma" Poesía seleccionada por Amukan Editorial

 









Breve presentación del poemario de Eli Neira:

“HAGO EL AMOR CONMIGO MISMA”

 

Rosa Emilia del Pilar Alcayaga Toro[1]

 

Empezaré con un relato: Un joven griego llega a una de las islas de Creta. Su nombre es Anceo. Habrá un enjambre de sucesivos sismos culturales como sucesivas invasiones de distintas tribus que, subterráneamente, avanzan con la espada y el hierro por delante, son los precursores de cambios profundos en la historia de la humanidad. Ante una sacerdotisa y a solicitud de ella en representación de la Triple Diosa, Anceo cuenta “…por desgracia, sagrada ninfa –dijo el joven-, nuestros señores adoran al Triple Dios como deidad soberana y odian en secreto a la Triple Diosa. La ninfa se pregunt(a) si no habría entendido mal sus palabras. –Y ¿quién podría ser el dios padre?-…”. En cuanto a los griegos –responde el joven-, “su razonamiento es el siguiente: ya que las mujeres dependen de los hombres para su maternidad…, los hombres son, en consecuencia, más importante que ellas. –Pero ese es un razonamiento de locos –exclam(a) la ninfa” (Fragmento de un cuento que se llama El Vellocino de oro, p. 13 y 14)[2]. 

A propósito “El mundo de los hombres”, es el título de un poema de Eli Neira: “El mundo que los hombres blancos han creado / ordena, clasifica, jerarquiza; / Primera categoría, segunda categoría, tercera y última categoría / El mundo que los hombres blancos han creado… / En este mundo / La vida se contabiliza, se acumula y acapara…” (p. 38).

La respuesta es política. Es la rabia de todas las mujeres catalizada hasta el punto de explosión. En el camino pedregoso en el que me inscribo y desde donde hablo para escribir esta breve presentación, decirles que adhiero a un cambio de la noción de literatura en donde ésta emparienta con lo social y lo político, considerada como un cuerpo escritural atravesado por una ideología  y como producto de determinadas prácticas culturales.

Por eso concuerdo con Cándida Elizabeth Vivero Marín que escribe: “La teoría literaria ha transformado su noción de literatura a lo largo del tiempo: de un sentido meramente artístico ha pasado a una noción social, cultural y política”. No es aquel objeto literario neutral que brilla desde lo alto como nos hicieron creer los poetas dioses, varones engreídos que pueblan de prisiones este mundo con nuestras voces. Nosotras como una cuerpa prisión que hoy levanta su voz. Nos rebelamos. Nuestras voces gritan “el Estado opresor es un macho violador” (Lastesis). Hablamos. Escribimos. Y no nos queda otro camino que hacerlo desde nuestra cuerpa, que es una cuerpa colonizada, materialidad en la que siguen vigentes, como si fuese un tatuaje, los distintos signos de esa colonización, a través de novedosos dispositivos y nuevas formas y tecnologías de control que se escurren, muchas veces sin darnos cuenta, por entre las hendijas de las prácticas cotidianas, en el consumo y en el lenguaje. Y Eli escribe “te juro que no puedo / en ningún momento / huir / de las esquirlas de tu corazón de molotov / que no para de estallarme en la cara” (p.99).

En nuestra escritura habrá de esculpirse nuestra cuerpa, en ese, el primer campo de batalla. Escritura literaria como producción de otras significaciones a los signos aceptados socialmente como femenino y masculino, en donde desarmemos aquel axioma patriarcal de que los genitales deben ser los que marquen una obligación de identidad.

Del poema “Amiga, eres tan hermosa”… “Transformar estas ganas que tengo de besarte la boca, la nuca, /  la punta de tu corazón y de tu clítoris…” (p.107). 

El modo como cada una escoge construir su mirada sobre lo femenino, tiene en el campo de la literatura el modo de narrar que más les interese. No hay fronteras. Los temas se repiten con poca variabilidad y la originalidad se encuentra en el modo de construir el texto, sus matices estilísticos y el lenguaje, como desarmamos la frontera de los géneros literarios y no literarios, de la ficción y la no ficción. Hablar de nosotras, es a la vez una necesidad y es algo que nos toca directamente y el modo de abordarlo va variando de acuerdo con el tiempo, el espacio y el momento histórico. Consciente o inconscientemente expresando imágenes de nuestro tiempo.  Conocí a una escritora afrobrasileña Concepción Evaristo que escribe “Si para algunas mujeres el acto de escribir está imbuido de un sentido político, en tanto afirmación de autoría de mujeres ante la gran presencia de escritores hombres liderando numéricamente el campo de las publicaciones literarias, para nosotras, ese sentido es redoblado. El acto político de escribir viene acrecentado del acto político de publicar…”.[3] Las narrativas de Concepción Evaristo tienen muchos personajes y situaciones que se asocian a esta “estética de los escombros”. A Concepción la conocí hace muy poco y me sorprende como puedo verla en la escritura de Eli Neira en este libro que hoy presento “Hago el amor conmigo misma” (2020). Chiguayante: Amukan. Editorial Itinerante.

Eli Neira es una escritora de la resistencia. Resistencia como tema y en cómo la autora lo aborda; y así mismo como proceso inherente a la escritura desde los resquicios de la memoria y las formas de su narrativa poética. Eli Neira todes conocemos: es una brillante performer. Y hoy 15 de enero del 2021 su libro de 100 páginas me sorprende por su escritura muy plástica, maleable como la greda de Pomaire, de nuestros campos, escritura   sin amarres canónicos y un estilo que la distingue a cien kilómetros. Y no es una exageración. Y yo regateo mis alabanzas, ríanse nomás. Con una poesía diversa y disruptiva y una prosa cáustica que nos deja heladas. Un libro que reúne palabras e imágenes de su narrativa performática, le dan un sentido especial y lo enriquece de manera sustantiva.

Decía que la escritura de nuestra autora tiene cierto parecido con la escritora afrobrasileña Concepción Evaristo, en particular en su prosa. “Recreaciones labradas en la mezcla entre la escucha del otro y la narración literaria” (op.cit. p. 26 .y que Concepción llama “premeditado acto de trazar una escribivivencia”.

Leeré entonces un fragmento de la prosa que recoge Eli de las voces de nuestras mujeres, una escribivivencia que se llama  Naturaleza muerta:

“Sacarás tu sexo muerto como una anguila mucho rato hervida y me forzarás a resucitarla. Entre sollozos lameré y lameré sin resultado alguno, me dirás que soy una estúpida, me golpearás en la cabeza y mientras me desvanezco ocurrirá el gran milagro. Entonces me penetrarás por detrás, yo gritaré de dolor, tú reirás y reirás como el mismo demonio. Yo lloraré, me desmayaré y en medio del charco de sangre me dormiré maldiciendo mi suerte. Al otro día no  habrá palabras amables. Me exigirás desayuno. Yo taparé mi cara amoratada frente a las vecinas que ya lo saben todo, porque es siempre la misma historia. Para ti huevos revueltos, pan tostado, una cerveza y cigarrillos que he pedido fiados al casero de la esquina…” (p. 37).

Para finalizar y esto es un milagro porque nunca escribo tan corto, pero acá en el Bar Restaurant “Las raras” -si vienen a Valparaíso, queda en Yerbas Buenas uhmmm sugestivo nombre, subida Ecuador-, doña Eli me dice cortito, es que… la pandemia y las multas y la mascarilla y la distancia social y el jabón y las manos y el alcohol gel, será otra historia cuando vengan los pacos[4]. Entonces, a apurar el tranco. Pero no puedo dejar de contar lo que me sucedió leyendo a unos amigos y amigas de Santiago que se reúnen en un taller y que me invitan de vez en cuando, vía online. Les leí el poema de Eli “Hago el amor conmigo misma” (p. 41), que es el nombre de este libro. Y los varones se sintieron atacados hasta cierto punto porque decían que las mujeres ahora querían dejarlos a un lado, heridos en su amor propio de macho, que eso que decía el poema era como una afrenta hacia ellos. Muy sorprendida de sus reacciones les dije que, en ese poema, no sé si estaré equivocada, había un gesto de independencia de las mujeres; porque ellos han gozado su cuerpo masturbándose sin complejos, antes les prohibían cuando eran niños, cierto, pero igual lo hacían y profusamente, hasta juegan para probar puntería y distancia. Les dije de qué manera llamaban coloquialmente a su propia masturbación, que no se hicieran los lesos. Y que las mujeres nunca tuvimos esa misma libertad, es más, creo que hasta hoy muchas mujeres ni siquiera saben cómo masturbarse ni siquiera ellas conocen su cuerpo. Nos han enseñado que debemos ser pudorosas y decentes, léase pudor, no mostrar nuestro cuerpo y lésase decencia, seguir las normas vigentes como mujeres recatadas. Y este poema de Eli como acto de rebeldía tiene que ver con nuestra propia liberación. Y allá ellos si quieren pensar otra cosa. Pero fue, después de todo, una conversa muy interesante, lo curioso era que yo tenía que decirles o picarles la guía, oigan, no me vengan con cuentos, ustedes conocen, me imagino, a una doña que se llama Manuela ¿o no? Y esa noche, en el encuentro, conocí los apellidos de esta dama, ella es Manuela Palma Calloza.

Quiero agradecer finalmente a Eli Neira por darme esta posibilidad de leer su trabajo poético reunido en este libro y por estar aquí presentado “Hago el amor conmigo misma”, un viernes 15 de enero 2021 a las 20.00 horas. Muchas gracias.



[1] Mg. en Literatura, mención Literatura Iberoamericana (2009). Egresada del doctorado en Educación y Cultura de Latinoamérica (CEAL) Universidad ARCIS, en proceso de tesis. Trabajo actualmente en la Universidad de Playa Ancha (UPLA) e integro el Departamento Transdisciplinario de Género, Política y Cultura, Facultad de Ciencias Sociales.

[2] Graves, Robert (2004). El Vellocino de Oro (Trad. De Lucía Graves). España: Tercera reimpresión en Pocket Edhasa: febrero 2004. ISBN: 84-350-1618-8. Título original The Golden Fleece, p. 13 y14.  Web: www.edhasa.es

 

[3] Telarolli, Sylvia (2020). IMÁGENES DE LA RESISTENCIA: MUJERES ESCRIBEN SOBRE MUJERES EN BRASIL DE HOY. “Conceição Evaristo (1946- ) [3], escritora, negra, hoy con 72 años”. Del libro Representaciones de lo femenino en la literatura y en el discurso de los memes. Edición Aroldo José Abreu Pinto. UNEMAT-Brasil y UANL-México, pp. 19-30.

[4] Policía uniformada en Chile, agentes pagados por el Estado y por nuestros impuestos que salen a reprimir las manifestaciones, nunca salen para tocar a los ladrones de cuello blanco ni siquiera a los narcos. 

 


 

 

Atávica y abyecta: la voz / cuerpa de Eli Neira


Carolina Lara B.

Periodista y curadora de arte

A través de “Hago el amor conmigo misma”, por primera vez es posible reconocer en su amplia dimensión la voz y el cuerpo (de mujer)queEli Neira ha construido con admirable valentía desde comienzos de los 2000, cuandoparecía que estaba abandonando el periodismo para dedicarse a una revolución interior que la volcó de pronto a la poesía y la performance. Quienes la conocíamos por entonces estábamos cuando menos curiosas por saber qué estaba engendrando la compañera, con quien colaborábamos como periodistas de Cultura enel diario El Mercurio, la amiga de tantas conversas y de farras en un Santiago adornado de posdictadura.

Pronto salió Abyecta (2003), un poemario prologado nada menos que por la gran Diamela Eltit,donde no era poesía sino una lengua filosa y procaz la que se instalaba cruzando un imaginario entrelo pornográfico y lo político, riéndose de las fórmulas del canon y de la academia, asimismo del patriarcado y de las instituciones, hablando desde una suerte de soliloquio impulsado por la rabia y –por supuesto– desde un placer por la abyección.

“A nosotras las reinas/ a las que todos querían dar por el culo / aunque nos doliera / aunque nos atoráramos gritando que ¡No jetón! / ¡Te digo que no! / ... /Ahora nos dicen perras / ellos / los fornicadores / Y algunos se postulan para huevadas y desde la micro / vemos sus nombres en las paredes de los eriazos”: en “El tiempo no fue generoso con nadie”,va evidenciandodónde están parados quienes fueron tal vez poetas -revolucionarios, desde el habla de sus ex amantes. Mientras que el poema “Abyecta” es la declaración de una suerte de ninfómana: “Me he acostado con tu padre / tu hermano y tu hijo, por no nombrar a tu tío y a todos tus amigos / Con tu abuelo fue imposible y tu madre se salvó por vinagreta…”, para terminar gritando:“Y / es que / además de PUTA / soy LOCA / FLOJA / SUCIA / TONTA / TERCA / BRUTA / IGNORANTE / TACAÑA / SORDA / COJA / Y / MALA”.

El libro que presenta Editorial Amukan en enero del 2021 es una recopilación que incluyealgunos de esos primeros versospublicados, hasta llegar a escritos del 2020, el año en que ingresamos definitivamente en este mundo distópico, donde el feminismo es uno de los paradigmasque se levanta con fuerza frente a la crisis total. Junto a la poesía de Eli –porque sí, es poesía la delicia de sus operaciones de lenguaje, el arrojo y su sentido de verdad– hay también imágenes de performances realizadas entre el 2006 y el 2019, que dan cuenta de la cuerpa que se instala en paralelo, siempre desde la marginalidad y en resistencia crítica a las estructuras de poder.

Pienso en la significación de la portada, que nos muestra a esta engañosa mujer de vestido blanco ingresando en lo profundo de un río, rodeada de naturaleza, avanzando en parte sumergida y arrastrando una silla también blanca en medio de las ondas del agua que van quebrando su reflejo, junto al título que se refiere al onanismo, nominado como un acto que implicaríaautosatisfacción sexual y amor propio. Piensoen los sentidosque emergen detodo esto, en la pertenencia atávica,de liberación y también de ilusión.

El poemario va ferozmente corrompiendo esa imagen de mujer que por siglos se ha instalado desde la opresión patriarcal, la idea impuesta de erotismofemenino, la objetualización de nuestras cuerpas y el tormento del amor romántico. Eli Neira se conecta con el dolor y la oscuridad que puede habitar en el ser mujer, lejos de los estereotipos, de frente a la violencia, permitiéndose ser la peor. He allí su poder. Es un cuerpo erotizado desde lo ominoso que goza, ríe, insulta y sufre condenando al mismo tiempo al amante que violentay abandona,a los poetas (hombres), a la institucionalidad del arte y la cultura, a la Patria, apareciendo a ratos una escenografía, la ciudad nocturna, periférica. Casi escucho algún alarido punk (“Womanonfire / Tus pecados lavaré / Yeeeeeeeeehaaaaaaa!!!!!!!”) en algún decadentebar de Santiago,disfrutando la sordidez de la “autoproclamada reina del under”.

Eli Neira dice las cosas como son. Generalmente, se dirige a un receptor presumible o evidentemente hombre, cruzando el imaginario del dominio heteropatriarcal con la crítica política y feminista:“En el mundo que los hombres blancos / han creado la persona rápidamente / deviene cosa (o propiedad) / y la cosa deviene desecho / …. /En el mundo que estos hombres han creado / Nos están matando / A todas nos están matando / Como hace siglos atrás / Nuevamente nos están matando”, revela en “En el mundo de los hombres”.Las imágenes de “Naturaleza muerta” son descarnadas: en un tono paródico, llega al acto de la violación desde el crudo relato en prosa de una situación de extremosometimiento tan cotidiana como insostenible, donde la figura de ella se mimetiza con la de la mártir.

A través del libro, hay un retrato del horror de la violencia sexual masculina al que se enfrentael poder de la sexualidad femenina. Aparecen entonces la puta, la sádica, la depravada, la despechada, las referencias a la pornografía, la relación de estos imaginarios con Sade oPier Paolo Passolini, así como también el autoerotismo.En “Hago el amor conmigo misma”, “Recados amorosos a mí misma” y “Amiga, eres tan hermosa” hay una propuesta tal vez, una salida, donde el acto sexual con la propia cuerpaes un acto político: la autosuficiencia, el amor propio, a mi compañera, a mis hermanas; un espacio de auto placer erótico que sublima al ego en conexión con lo que hay de escondido en lo profundo de tantas capas de disfraz: “y es que debajo de este disfraz hay otro disfraz, / y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz / y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz… ”.

Para hablar de violencia, Eli habla con violencia, encontrando en el posporno un registro eminentemente político y activista: “Un cuerpo resignificando su sexualidad es intolerable porque hay poder en ese cuerpo, poder y consciencia recuperado. Y pareciera que al totalitarismo de mercado le es inadmisible cualquier redistribución del poder”,dice en el texto “Algunos apuntes sobre posporno”, publicado en “Hocicona” (2017), libro que reúne su faceta de cronista certera y deslenguada. De eso se trata el posporno, continúa: “de la recuperación de nuestra propia sexualidad y de la representación de la misma”,desde la construcción de otras narrativas, “no heteronormativas ni reproductivas, sino mitológicas, subjetivas, pansexuales, libertarias”.

Junto a las imágenes poéticas del libro, las imágenes de performances aportan un carácter documental y a configurar el lenguaje de Eli Neira también desde el trabajo con el propio cuerpo, que ha realizado individualmente o en conexión con otresperformers o con organizaciones, manteniendo redes a nivel local e internacional, especialmente en Latinoamérica. Un poder aflora también en esa presencia muchas veces desnuda o semidesnuda, sólo revestida de ciertos elementos simbólicos: la máscara de lucha libre, la bandera chilena, la cruz, la bolsa de plástico asfixiando la cara, las amarras, el cuero, las medias. Eli nos habla así desde las mujeres oprimidas, desde la nana, la obrera, la campesina, la inmigrante, la condenada a la cárcel, la esposa, la puta, la amante, situándose en un río, en la ruina, en talleres o festivales, o en algún espacio de Santiago o Valparaíso (donde reside), con acciones que son rituales de exorcismo en lo personal, lo colectivo y social.

No está en el libro, pero imborrable me resulta la performance “El enemigo interno” (2012), donde –junto a otras situaciones– terminaba defecando sobre la Constitución Política de Chile de 1980, que justamente hoy buscamos reemplazar tras la revuelta popular ya través de un proceso constituyente. Esa crítica al Estado se traduce igualmente en los poemas“Poderosa Machi Francisca Linconao”, referido a la activista, líder espiritual mapuche y ex prisionera por la Ley Anti-terrorista; y “Peñi hermano: pocos saben lo que tú”, realizado para los presos políticos mapuche en huelga de hambre enseptiembre de 2010 en Temuco: “Peñi mi hermano / te estás inmolando para equilibrar las fuerzas en este universo / desigual / Peñi mi hermano / te estás desangrando por gracia divina y lo sabes”.

Frente a la opresión, la furia: la voz /cuerpa de Eli Neira se levanta necesariamente abyecta, hocicona, políticay mordaz, estableciendo un relato a través del libro desde la irrupción de una sexualidad femenina obscena, en subversión, hasta llegar a la idea del amor propio como expansión del ego, donde la bondad, la búsqueda del amor de los demás sería una consecuencia de “cierta elevación”, “de cierta luminosidad en el ser”. En “Recados amorosos a mí misma”deja planteada esa propuesta marcada de misticismo y sin lugar a frivolidades: “Una, finalmente, quiere amor, eso es todo, ahí se acabó el arte, la vanguardia, la transvanguardia, las estéticas de la concha de la lora”.

 


Tuesday, June 09, 2020

Micropoéticas de la Resistencia, La Olla Común





Reflexiones feministas situadas en torno a la pandemia y la olla común



Por Eli Neira

Me toca vivir esta pandemia en Valparaíso, un puerto pequeño y empobrecido del litoral central de Chile.  Las cosas aquí tienen otra lógica y la cuarentena total (al momento de escribir estas líneas) aun no ha sido decretada por lo que las personas más o menos podemos circular con cierta libertad. La ciudad en sí, ya pobre, luego del estallido, la represión y ahora la pandemia, se encuentra en un peligroso margen.
En esta ciudad más de la mitad de la población vive del comercio ambulante. La ciudad entera es una gran feria ambulante, lo cual hace técnicamente inviable la cuarentena total. Sin subsidios ni nada que mitigue el impacto del encierro, las autoridades temen a los saqueos y con justa razón.
En este territorio hay una pequeña consciencia de que las cosas podrían ser diferentes. Hay sujetos divergentes y otros lo suficientemente precarizados para que el virus les importe una mierda.
En este territorio entonces de desobediencia identitaria (el choro porteño es un estereotipo de la desobediencia, aunque también de machismo puro y duro) se han logrado mantener durante la pandemia ciertas prácticas profundamente micropolíticas que hacen que la sobrevivencia sea bastante más llevadera que en la metrópolis. De partida podemos ir a la playa, a los roqueríos, a la costanera a respirar aire limpio, tomar sol y baños de agua de mar.
La gente ha seguido visitándose, los responsables con mascarillas y guantes, los negadores sin nada, los exagerados con traje de astronauta, pero mucha gente no ha soltado sus vínculos. Y dentro de ese “no soltarse” hemos procurado seguir movilizados. En este contexto, las ollas comunes levantadas desde las organizaciones sociales han sido un espacio de reconstrucción del tejido social, aunque sea en la frialdad de la modalidad “para llevar”.
En tiempos de violencia necropolítica y  polimorfa, la olla común ha sido un ritual donde podemos volver a sentir al barrio y a los vecinos como aliados y no como un mortal enemigo.  De alguna manera la olla común, aparte de aliviar una necesidad real de alimentación, genera un contrapeso en el imaginario social colectivo saturado de dolor, miedo, odio y desconfianza.
La cocina comunitaria se transforma en un lugar de encuentro de saberes en torno a todos los temas que sostienen la vida. ¿Qué hacen las personas cuando cocinan juntas? Conversan. Con o sin mascarillas, conversan, se encuentran, se entretejen y generan abundancia donde antes hubo escasez y miedo. Por ejemplo, ¿De qué conversan las mujeres cuando se juntan a cocinar? De todas las materias; salud, educación de los hijos, violencias compartidas, estrategias para enfrentarlas. Y ahí aparecen los secretos y las recetas de la abuela y todos esos saberes descolonizados  que nos ayudan a sostenernos desde la resistencia, no sólo contra el virus sino también contra un estado criminal y frente a las medidas deshumanizantes impuestas a nivel global por la OMS.
Estoy convencida de que  disponemos en Abya Yala del conocimiento y tecnologías ancestrales en medicina preventiva  que nos permitirían enfrentar mucho mejor esta pandemia evitando el  aislamiento total y las catástrofes de las pequeñas economías. Porque se trata de sostener la vida, ¿O me equivoco?
 Al menos en eso estamos nosotros. Sosteniendo la vida; En eso están las ollas comunes,  los temazcaleros que han logrado seguir activos, los grupos que promueven la ingesta de agua de mar y todos los impulsores de terapias alternativas, que se han preocupado en mantener el sistema inmune alto en sus círculos.
La olla común, desde el estallido social  hasta ahora, ha sido una escuela para mí. La práctica desde dentro me ha enseñado que hoy nuestro mayor enemigo es el individualismo y el miedo. También me ha mostrado que donde se colectiviza hay abundancia y la escasez desparece, al menos en parte. En lo artístico la olla me ha enseñado a desdibujarme como “autor” para pasar a ser parte de un sistema de activadores que se coordinan naturalmente, sin jefe ni director, para generar una performatividad colectiva en torno a la multiplicación del alimento, un hecho muy concreto, político y ancestral a la vez. Al alimentarnos juntos recordamos que básicamente somos tribu, manada, pueblo, comunidad.  Consciencia y práctica colectiva que nos libera del terror pánico que nos da el fin del individuo y el fin del pacto social en que reposaba (ficticiamente) la República.
En tiempos donde los estados del capitalismo global despliegan ya sin ninguna máscara, sus necropolíticas de exterminio sobre cuerpos que no importan al capital, la olla común se convierte también en un conjuro contra la muerte, una estrategia a favor de la vida.
Una de las enseñanzas que el COVID nos deja es que somos completamente interdependientes a nivel global y que nos multiafectamos con cada respiración, por lo que vivir y cuidar de la vida se vuelve un imperativo ético colectivo de suma urgencia. La olla común es la madre de todas las prácticas comunitarias y una gran instancia para comenzar a entenderlo en el propio cuerpo y en el cuerpo de lo demás. Porque solo el pueblo ayuda al pueblo y solo el pueblo educa al pueblo.
Solo nos tenemos a nosotros y si no nos sostenemos, seremos fagocitados por el despliegue de una nueva y más represiva etapa en el dominio del gran capital, un nuevo orden mundial, de restricción de nuestros derechos y precarización de la vida sin precedentes. En esta resistencia no podemos soltarnos y no podemos dejar de reparar el tejido social.  Al menos mientras podamos seguir haciéndolo.

Monday, December 02, 2019

La nuevo sujetx de la re-evolución



Registro de "Un violador en tu camino" 


Por Eli Neira


       Hay algo que definitivamente el gobierno y los grupos empresariales no están entendiendo de esta crisis, y es que el / la sujetx histórico cambió. Y no cambió un poquito, sino que cambió radicalmente. Me atrevería a decir que estamos frente a un cambio paradigmático, un cambio civilizatorio, justo el que estábamos necesitando para no extinguirnos ante la voracidad del capitalismo neoliberal en su fase final de acumulación. Fase final porque ya no hay más recursos que depredar, no hay más planeta.
       Lo que hemos visto en estos días es que estamos ante dos tiempos históricos que chocan, el de la re- evolución que quiere superar el neoliberalismo y toda su indignidad y el de la guerra fría, un paradigma obsoleto que trata de ser aplicado a un tiempo que le queda muy grande. Entre otras razones porque la sujeto histórico ya no es para nada el mismo que el de la guerra fría. Internet y el mercado global moldearon un ser completamente diferente. Hipercomunicados, capaces de construir hora por hora una subjetividad hedonista (que el mismo mercado propicia y se beneficia de ella) ya no estamos dispuestos a ser abusadxs.
       Esta nuevo sujetx, no le tiene miedo al estado, porque se sabe de alguna manera “acreedor” de ese estado al que alimenta con sus impuestos. Entonces la doctrina de shock ya no funciona con este nuevo actor que sale a la calle empoderadx e indignadx exigiendo derechos, porque el polo de poder cambió, ya no está en la cúpula, sino que ha regresado a la base.
       La nuevo sujetx se comunica de manera simétrica y autárquica, sin mediadores a través de las redes y no reconoce más autoridad que su deseo. Es activa y performática, desde que la sociedad del espectáculo le dio una cámara y una tribuna global. Por lo tanto quiere ser parte de la historia, no padecerla como sus padres y abuelos.
       Esta sujeto se encuentra de pronto en medio del tiempo de la re- evolución, que es un tiempo otro, un tiempo maravilloso, donde se suspenden las reglas del juego, se trastorna el cotidiano y se abren las puertas invisibles que contienen todas las posibilidades. La revolución es un tiempo acelerado y denso que sin embargo nos revela y construye a la vez otra realidad, un nivel diferente. Es el tiempo que corresponde al salto cuántico.
       Y como tal está pletórico de posibilidades. También de muerte. Muerte y cambio, muerte y cambio, muerte y cambio, son los polos del Pachakuty, el tiempo aymara de la transformación.
        El imperativo del aquí y ahora de la protesta permite al manifestante justamente exponer toda su potencia creativa, la misma que durante años fue cooptada por la productividad mecánica y el mercado. No en vano el gobierno ha puesto todos sus esfuerzos represivos en este “manifestante” porque lo intuye a caballo en un nuevo poder. Poder que se revela como lo necesario para enfrentar la necropolítica de la mutilación y la maximización de la pedagogía de la crueldad, articulada por una clase en absoluta decadencia moral e institucionalmente sin ninguna representatividad, que se aferra cada vez mas patéticamente a lo único que conoce, el abuso de poder.
      Pero la exhibición obscena de su propia pudrición ya no tiene otro destino que el fracaso absoluto. Verlos caer uno a uno, por el peso de su propia decadencia es solo cuestión de tiempo, porque nosotros ya ganamos. Ganamos desde el momento que hartos y conscientes de nuestro hartazgo salimos a la calle sin miedo para decirles que ya no deseamos ser lo que ellos son y que no deseamos lo que ellos quieren vendernos y eso tarde o temprano devendrá en nuevas y creativas formas de hacer sociedad en un mundo sin recursos.
       Su propia violencia está generando en nosotros una unidad que desconocíamos y hemos vuelto con urgencia a generar comunidad, rompiendo de una vez y para siempre la atomicidad del individuo posmoderno que atenúa su inconmensurable soledad consumiendo cosas que no necesita.
     El proceso tomará tiempo y víctimas de ambas partes, porque el poder, incapaz de construir otredad, lo ve y acciona efectivamente como una guerra, no como la ascensión de un nuevo tiempo liderado por un nuevo ser humano. Pero es irreversible, ya nada volverá a ser igual porque han caído las máscaras y hemos visto el horror sobre el que se construyó el viejo orden. Lo que hemos aprendido en estos días movilizados quedará indeleble en la memoria colectiva no de una sino de todas las generaciones que vendrán.
       Su deshumanización nos ha re humanizado y nos ha hecho recordar quiénes somos. Ni wallmart ni Piñera ni la televisión ni todos sus montajes de pacotilla pueden contra eso. Estamos siendo territorio recuperado. Si nos militarizan las calles la re — evolución continuará bajo tierra, por dentro, seguiremos trabajando sin parar para cambiar el modelo porque ya experimentamos la dignidad y queremos vivir ahí. Y hemos experimentado la otredad como comunidad viva y vibrante, colaborativa y comprometida. Ya no queremos volver atrás y la vida tiene ahora otro sabor y otra intensidad, a veces amarga como la sangre pero libertaria como hace mucho tiempo no experimentábamos.

Sunday, August 18, 2019

"Plastic Holocaust" Video performance


Fragmentos de "Plastic Holocaust" video performance realizado durante residencia de arte en Centro Negra AADK Spain, Ciudad Blanca España, 
Agosto 2019
Registros de Berke Halman y Marisa Pschorr











Atención Centroamérica



Saturday, March 23, 2019

La obsolescencia del autor en el performance



"Tu Patria está llena de basura" Amapu colectiva feminista, Valparaiso 2019 foto Jim Delemont

En este texto abordare un asunto que suelo tocar en los talleres de performance y que se ha convertido en una preocupación muy actual en el marco del cambio tecnológico al que estamos expuestos como “productores” de imágenes y conceptos,  como productores finalmente de “obra” , insertos en un mercado macabro y especulativo.  Este asunto tiene que ver con la imposibilidad de aplicar hoy el principio de derecho de autor a una pieza de arte de acción. De la obsolescencia del “autor” en el performance.

¿De quién es un gesto, un signo usado en una performance? ¿Qué sucede cuando un artista reproduce algo  que ha visto ya sea en otro performer muy reconocido o de otro sin visibilidad? ¿De quién es el gesto de dormir, cagar, comer, sangrar en una performance? ¿Quién lo hizo primero y quién después? Finalmente ¿Quién copió a quién? Es bien sabido que existen una serie de lugares comunes en el arte de acción y que funcionan como una partitura de la que nadie escapa porque por sobre todas las cosas el arte de acción es ritualidad y el ritual es un lugar común pero común de “comunidad”. Podríamos hablar entonces de una comunidad de signos, una especie de alfabeto universal del cuerpo.

En ese sentido es lógico que experiencias que cruzan a una comunidad tales como una guerra la pobreza o la colonialidad generen signos similares ya que a todos nos toca esa  “experiencia común”. Por ejemplo ¿En cuántos artistas latinoamericanos está presente la figura de la empleada doméstica con todas sus posibles metáforas? En  muchos, asi también como en películas novelas y una gran producción cultural destinada a comprender y mostrar esta figura que nos habla de siglos de colonización reactualizada una y otra vez.

Me ha pasado muchas veces que se me ocurren cosas para hacer y luego me entero que “X” o “Y” lo hizo en otro espacio tiempo.  ¿Tengo entonces que desoir mi instinto creativo y no hacerlo porque ya está hecho? ¿Para quién hago lo que hago entonces?, ¿Para quién trabaja el artista del performance? ¿Para un muy pequeño y selecto mercado más inexistente que real o para su propia inquietud existencial?

Por otro lado sabemos que el acto creativo como el acto social consiste en una serie infinita de apropiaciones e intercambios. Nada es de nadie porque todo es de todos. Estamos insertos en una historia. Nuestro archivo visual está compuesto por todas las imágenes que hemos visto a lo largo de nuestra vida en vivo y en directo o a través de una reproducción.  Que seamos capaces de reconocernos en esa cadena es lo que nos hace conscientes o no.

En lo personal yo soy de las que creen que así como la tierra es de quién la trabaja,  las ideas son de quién las ejecuta.  Por otra parte por mucho que repitas un signo, es imposible que te salga igual a nada porque la performance se inserta en el flujo siempre cambiante de la realidad. Así como nadie se baña dos veces en un mismo río, de la misma manera nadie puede aunque lo pretenda,  copiar a la perfección una pieza de performance.

Experimentando yo he hecho el mismo gesto en lugares y tiempos diferentes y siempre el resultado difiere y su significado cambia y se expande porque el performance es un arte situado, de un aquí y un ahora únicos e irrepetibles.

Sin embargo la apropiación y el plagio existen entonces  ¿Cómo lo identificamos?¿Cómo nos prevenimos de ello? ¿Cuándo existe apropiación y cuando no? ¿Cuándo existe extractivismo dentro de la relación de los artistas entre si y / o con su entorno?

Aquí entramos en el territorio de la ética, rama de la filosofía por completo desconocida por las nuevas generaciones de artistas (mal) educados bajo las directrices neoliberales del mercado o la “industria cultural”, donde todo, pero es que absolutamente todo vale con tal de un minuto de fama.

 El asunto ético que no está siendo considerado, es la consciencia del lugar del artista en la historia del signo que está usando.

Tenemos entonces que el apropiacionismo  tiene diferentes matices en la época de la reproducción técnica masiva y viral. Según mi punto de vista, habría apropiacionismo cuando tomas un signo sin referir su origen, sabiéndolo y lo haces pasar por tuyo. Es decir cuando quieres pasar gato por liebre y eso siempre es una elección que el artista hace en la intimidad de su consciencia o falta de ella.

¿Por qué podemos hablar de plagio con propiedad en disciplinas como en la escritura pero no en el performance?
Tal vez solo por el cuerpo.  Al poner el cuerpo, éste funciona como una gran máquina procesadora de contenidos que invariablemente modifica. Siendo el cuerpo único y específico entre todos los cuerpos.  Solo el cuerpo te salva pero la intensión te condena.
Me gusta pensar que esta imposibilidad de la propiedad privada del performance es parte de su esencia revolucionaria. Me gusta imaginar el performance como una partitura musical donde el cuerpo del artista es el instrumento y el ejecutante. En mis talleres hago a mis alumnos “copiar” una performance que los inspire, para que pierdan el miedo y se den cuenta que jamás saldrá igual porque su huella digital estará presente en todo momento.

Muchas veces me he disgustado por piezas que “copian” un gesto que creo propio, sin embargo pronto me doy cuenta de que yo lo vi en otra artista y luego investigando encuentro otra y otra y otra, cada una en épocas  y lugares diferentes.

Me parece que en este caso la honestidad es lo único que nos salvará de ser acusad@s de plagiarios. La honestidad y la humildad de reconocer que todo está hecho desde el principio de los tiempos y que nosotros sólo estamos constantemente reactualizando el drama humano. Pero lo hacemos desde el lugar único de nuestro cuerpo, donde el milagro de la originalidad existe (aún).