"Tu Patria está llena de basura" Amapu colectiva feminista, Valparaiso 2019 foto Jim Delemont
En este
texto abordare un asunto que suelo tocar en los talleres de performance y que
se ha convertido en una preocupación muy actual en el marco del cambio
tecnológico al que estamos expuestos como “productores” de imágenes y conceptos,
como productores finalmente de “obra” ,
insertos en un mercado macabro y especulativo. Este asunto tiene que ver con la imposibilidad
de aplicar hoy el principio de derecho de autor a una pieza de arte de acción. De
la obsolescencia del “autor” en el performance.
¿De quién
es un gesto, un signo usado en una performance? ¿Qué sucede cuando un artista
reproduce algo que ha visto ya sea en
otro performer muy reconocido o de otro sin visibilidad? ¿De quién es el gesto
de dormir, cagar, comer, sangrar en una performance? ¿Quién lo hizo primero y
quién después? Finalmente ¿Quién copió a quién? Es bien sabido que existen una
serie de lugares comunes en el arte de acción y que funcionan como una partitura
de la que nadie escapa porque por sobre todas las cosas el arte de acción es
ritualidad y el ritual es un lugar común pero común de “comunidad”. Podríamos
hablar entonces de una comunidad de signos, una especie de alfabeto universal
del cuerpo.
En ese
sentido es lógico que experiencias que cruzan a una comunidad tales como una
guerra la pobreza o la colonialidad generen signos similares ya que a todos nos
toca esa “experiencia común”. Por
ejemplo ¿En cuántos artistas latinoamericanos está presente la figura de la empleada
doméstica con todas sus posibles metáforas? En muchos, asi también como en películas novelas
y una gran producción cultural destinada a comprender y mostrar esta figura que
nos habla de siglos de colonización reactualizada una y otra vez.
Me ha
pasado muchas veces que se me ocurren cosas para hacer y luego me entero que
“X” o “Y” lo hizo en otro espacio tiempo.
¿Tengo entonces que desoir mi instinto creativo y no hacerlo porque ya
está hecho? ¿Para quién hago lo que hago entonces?, ¿Para quién trabaja el
artista del performance? ¿Para un muy pequeño y selecto mercado más inexistente
que real o para su propia inquietud existencial?
Por otro
lado sabemos que el acto creativo como el acto social consiste en una serie
infinita de apropiaciones e intercambios. Nada es de nadie porque todo es de
todos. Estamos insertos en una historia. Nuestro archivo visual está compuesto
por todas las imágenes que hemos visto a lo largo de nuestra vida en vivo y en
directo o a través de una reproducción.
Que seamos capaces de reconocernos en esa cadena es lo que nos hace
conscientes o no.
En lo
personal yo soy de las que creen que así como la tierra es de quién la
trabaja, las ideas son de quién las
ejecuta. Por otra parte por mucho que
repitas un signo, es imposible que te salga igual a nada porque la performance
se inserta en el flujo siempre cambiante de la realidad. Así como nadie se baña
dos veces en un mismo río, de la misma manera nadie puede aunque lo pretenda, copiar a la perfección una pieza de
performance.
Experimentando
yo he hecho el mismo gesto en lugares y tiempos diferentes y siempre el
resultado difiere y su significado cambia y se expande porque el performance es
un arte situado, de un aquí y un ahora únicos e irrepetibles.
Sin embargo
la apropiación y el plagio existen entonces ¿Cómo lo identificamos?¿Cómo nos prevenimos de
ello? ¿Cuándo existe apropiación y cuando no? ¿Cuándo existe extractivismo dentro
de la relación de los artistas entre si y / o con su entorno?
Aquí
entramos en el territorio de la ética, rama de la filosofía por completo
desconocida por las nuevas generaciones de artistas (mal) educados bajo las
directrices neoliberales del mercado o la “industria cultural”, donde todo,
pero es que absolutamente todo vale con tal de un minuto de fama.
El asunto ético que no está siendo considerado,
es la consciencia del lugar del artista en la historia del signo que está
usando.
Tenemos
entonces que el apropiacionismo tiene
diferentes matices en la época de la reproducción técnica masiva y viral. Según
mi punto de vista, habría apropiacionismo cuando tomas un signo sin referir su
origen, sabiéndolo y lo haces pasar por tuyo. Es decir cuando quieres pasar
gato por liebre y eso siempre es una elección que el artista hace en la intimidad
de su consciencia o falta de ella.
¿Por qué
podemos hablar de plagio con propiedad en disciplinas como en la escritura pero
no en el performance?
Tal vez
solo por el cuerpo. Al poner el cuerpo,
éste funciona como una gran máquina procesadora de contenidos que
invariablemente modifica. Siendo el cuerpo único y específico entre todos los cuerpos.
Solo el cuerpo te salva pero la
intensión te condena.
Me gusta
pensar que esta imposibilidad de la propiedad privada del performance es parte
de su esencia revolucionaria. Me gusta imaginar el performance como una
partitura musical donde el cuerpo del artista es el instrumento y el ejecutante.
En mis talleres hago a mis alumnos “copiar” una performance que los inspire,
para que pierdan el miedo y se den cuenta que jamás saldrá igual porque su
huella digital estará presente en todo momento.
Muchas veces
me he disgustado por piezas que “copian” un gesto que creo propio, sin embargo
pronto me doy cuenta de que yo lo vi en otra artista y luego investigando
encuentro otra y otra y otra, cada una en épocas y lugares diferentes.
Me parece
que en este caso la honestidad es lo único que nos salvará de ser acusad@s de
plagiarios. La honestidad y la humildad de reconocer que todo está hecho desde
el principio de los tiempos y que nosotros sólo estamos constantemente
reactualizando el drama humano. Pero lo hacemos desde el lugar único de nuestro
cuerpo, donde el milagro de la originalidad existe (aún).
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