Tuesday, June 09, 2020

Micropoéticas de la Resistencia, La Olla Común





Reflexiones feministas situadas en torno a la pandemia y la olla común



Por Eli Neira

Me toca vivir esta pandemia en Valparaíso, un puerto pequeño y empobrecido del litoral central de Chile.  Las cosas aquí tienen otra lógica y la cuarentena total (al momento de escribir estas líneas) aun no ha sido decretada por lo que las personas más o menos podemos circular con cierta libertad. La ciudad en sí, ya pobre, luego del estallido, la represión y ahora la pandemia, se encuentra en un peligroso margen.
En esta ciudad más de la mitad de la población vive del comercio ambulante. La ciudad entera es una gran feria ambulante, lo cual hace técnicamente inviable la cuarentena total. Sin subsidios ni nada que mitigue el impacto del encierro, las autoridades temen a los saqueos y con justa razón.
En este territorio hay una pequeña consciencia de que las cosas podrían ser diferentes. Hay sujetos divergentes y otros lo suficientemente precarizados para que el virus les importe una mierda.
En este territorio entonces de desobediencia identitaria (el choro porteño es un estereotipo de la desobediencia, aunque también de machismo puro y duro) se han logrado mantener durante la pandemia ciertas prácticas profundamente micropolíticas que hacen que la sobrevivencia sea bastante más llevadera que en la metrópolis. De partida podemos ir a la playa, a los roqueríos, a la costanera a respirar aire limpio, tomar sol y baños de agua de mar.
La gente ha seguido visitándose, los responsables con mascarillas y guantes, los negadores sin nada, los exagerados con traje de astronauta, pero mucha gente no ha soltado sus vínculos. Y dentro de ese “no soltarse” hemos procurado seguir movilizados. En este contexto, las ollas comunes levantadas desde las organizaciones sociales han sido un espacio de reconstrucción del tejido social, aunque sea en la frialdad de la modalidad “para llevar”.
En tiempos de violencia necropolítica y  polimorfa, la olla común ha sido un ritual donde podemos volver a sentir al barrio y a los vecinos como aliados y no como un mortal enemigo.  De alguna manera la olla común, aparte de aliviar una necesidad real de alimentación, genera un contrapeso en el imaginario social colectivo saturado de dolor, miedo, odio y desconfianza.
La cocina comunitaria se transforma en un lugar de encuentro de saberes en torno a todos los temas que sostienen la vida. ¿Qué hacen las personas cuando cocinan juntas? Conversan. Con o sin mascarillas, conversan, se encuentran, se entretejen y generan abundancia donde antes hubo escasez y miedo. Por ejemplo, ¿De qué conversan las mujeres cuando se juntan a cocinar? De todas las materias; salud, educación de los hijos, violencias compartidas, estrategias para enfrentarlas. Y ahí aparecen los secretos y las recetas de la abuela y todos esos saberes descolonizados  que nos ayudan a sostenernos desde la resistencia, no sólo contra el virus sino también contra un estado criminal y frente a las medidas deshumanizantes impuestas a nivel global por la OMS.
Estoy convencida de que  disponemos en Abya Yala del conocimiento y tecnologías ancestrales en medicina preventiva  que nos permitirían enfrentar mucho mejor esta pandemia evitando el  aislamiento total y las catástrofes de las pequeñas economías. Porque se trata de sostener la vida, ¿O me equivoco?
 Al menos en eso estamos nosotros. Sosteniendo la vida; En eso están las ollas comunes,  los temazcaleros que han logrado seguir activos, los grupos que promueven la ingesta de agua de mar y todos los impulsores de terapias alternativas, que se han preocupado en mantener el sistema inmune alto en sus círculos.
La olla común, desde el estallido social  hasta ahora, ha sido una escuela para mí. La práctica desde dentro me ha enseñado que hoy nuestro mayor enemigo es el individualismo y el miedo. También me ha mostrado que donde se colectiviza hay abundancia y la escasez desparece, al menos en parte. En lo artístico la olla me ha enseñado a desdibujarme como “autor” para pasar a ser parte de un sistema de activadores que se coordinan naturalmente, sin jefe ni director, para generar una performatividad colectiva en torno a la multiplicación del alimento, un hecho muy concreto, político y ancestral a la vez. Al alimentarnos juntos recordamos que básicamente somos tribu, manada, pueblo, comunidad.  Consciencia y práctica colectiva que nos libera del terror pánico que nos da el fin del individuo y el fin del pacto social en que reposaba (ficticiamente) la República.
En tiempos donde los estados del capitalismo global despliegan ya sin ninguna máscara, sus necropolíticas de exterminio sobre cuerpos que no importan al capital, la olla común se convierte también en un conjuro contra la muerte, una estrategia a favor de la vida.
Una de las enseñanzas que el COVID nos deja es que somos completamente interdependientes a nivel global y que nos multiafectamos con cada respiración, por lo que vivir y cuidar de la vida se vuelve un imperativo ético colectivo de suma urgencia. La olla común es la madre de todas las prácticas comunitarias y una gran instancia para comenzar a entenderlo en el propio cuerpo y en el cuerpo de lo demás. Porque solo el pueblo ayuda al pueblo y solo el pueblo educa al pueblo.
Solo nos tenemos a nosotros y si no nos sostenemos, seremos fagocitados por el despliegue de una nueva y más represiva etapa en el dominio del gran capital, un nuevo orden mundial, de restricción de nuestros derechos y precarización de la vida sin precedentes. En esta resistencia no podemos soltarnos y no podemos dejar de reparar el tejido social.  Al menos mientras podamos seguir haciéndolo.

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