Reflexiones
feministas situadas en torno a la pandemia y la olla común
Por Eli
Neira
Me toca
vivir esta pandemia en Valparaíso, un puerto pequeño y empobrecido del litoral
central de Chile. Las cosas aquí tienen
otra lógica y la cuarentena total (al momento de escribir estas líneas) aun no ha
sido decretada por lo que las personas más o menos podemos circular con cierta
libertad. La ciudad en sí, ya pobre, luego del estallido, la represión y ahora
la pandemia, se encuentra en un peligroso margen.
En esta
ciudad más de la mitad de la población vive del comercio ambulante. La ciudad
entera es una gran feria ambulante, lo cual hace técnicamente inviable la
cuarentena total. Sin subsidios ni nada que mitigue el impacto del encierro, las
autoridades temen a los saqueos y con justa razón.
En este
territorio hay una pequeña consciencia de que las cosas podrían ser diferentes.
Hay sujetos divergentes y otros lo suficientemente precarizados para que el
virus les importe una mierda.
En este
territorio entonces de desobediencia identitaria (el choro porteño es un estereotipo
de la desobediencia, aunque también de machismo puro y duro) se han logrado
mantener durante la pandemia ciertas prácticas profundamente micropolíticas que
hacen que la sobrevivencia sea bastante más llevadera que en la metrópolis. De
partida podemos ir a la playa, a los roqueríos, a la costanera a respirar aire
limpio, tomar sol y baños de agua de mar.
La gente ha
seguido visitándose, los responsables con mascarillas y guantes, los negadores
sin nada, los exagerados con traje de astronauta, pero mucha gente no ha
soltado sus vínculos. Y dentro de ese “no soltarse” hemos procurado seguir
movilizados. En este contexto, las ollas comunes levantadas desde las
organizaciones sociales han sido un espacio de reconstrucción del tejido social,
aunque sea en la frialdad de la modalidad “para llevar”.
En tiempos
de violencia necropolítica y polimorfa,
la olla común ha sido un ritual donde podemos volver a sentir al barrio y a los
vecinos como aliados y no como un mortal enemigo. De alguna manera la olla común, aparte de
aliviar una necesidad real de alimentación, genera un contrapeso en el
imaginario social colectivo saturado de dolor, miedo, odio y desconfianza.
La cocina
comunitaria se transforma en un lugar de encuentro de saberes en torno a todos
los temas que sostienen la vida. ¿Qué hacen las personas cuando cocinan juntas?
Conversan. Con o sin mascarillas, conversan, se encuentran, se entretejen y
generan abundancia donde antes hubo escasez y miedo. Por ejemplo, ¿De qué
conversan las mujeres cuando se juntan a cocinar? De todas las materias; salud,
educación de los hijos, violencias compartidas, estrategias para enfrentarlas.
Y ahí aparecen los secretos y las recetas de la abuela y todos esos saberes
descolonizados que nos ayudan a
sostenernos desde la resistencia, no sólo contra el virus sino también contra
un estado criminal y frente a las medidas deshumanizantes impuestas a nivel
global por la OMS.
Estoy
convencida de que disponemos en Abya
Yala del conocimiento y tecnologías ancestrales en medicina preventiva que nos permitirían enfrentar mucho mejor esta
pandemia evitando el aislamiento total y
las catástrofes de las pequeñas economías. Porque se trata de sostener la vida,
¿O me equivoco?
Al menos en eso estamos nosotros. Sosteniendo
la vida; En eso están las ollas comunes, los temazcaleros que han logrado seguir
activos, los grupos que promueven la ingesta de agua de mar y todos los
impulsores de terapias alternativas, que se han preocupado en mantener el
sistema inmune alto en sus círculos.
La olla
común, desde el estallido social hasta
ahora, ha sido una escuela para mí. La práctica desde dentro me ha enseñado que
hoy nuestro mayor enemigo es el individualismo y el miedo. También me ha
mostrado que donde se colectiviza hay abundancia y la escasez desparece, al
menos en parte. En lo artístico la olla me ha enseñado a desdibujarme como
“autor” para pasar a ser parte de un sistema de activadores que se coordinan
naturalmente, sin jefe ni director, para generar una performatividad colectiva en
torno a la multiplicación del alimento, un hecho muy concreto, político y
ancestral a la vez. Al alimentarnos juntos recordamos que básicamente somos
tribu, manada, pueblo, comunidad.
Consciencia y práctica colectiva que nos libera del terror pánico que
nos da el fin del individuo y el fin del pacto social en que reposaba
(ficticiamente) la República.
En tiempos
donde los estados del capitalismo global despliegan ya sin ninguna máscara, sus
necropolíticas de exterminio sobre cuerpos que no importan al capital, la olla
común se convierte también en un conjuro contra la muerte, una estrategia a
favor de la vida.
Una de las
enseñanzas que el COVID nos deja es que somos completamente interdependientes a
nivel global y que nos multiafectamos con cada respiración, por lo que vivir y
cuidar de la vida se vuelve un imperativo ético colectivo de suma urgencia. La
olla común es la madre de todas las prácticas comunitarias y una gran instancia
para comenzar a entenderlo en el propio cuerpo y en el cuerpo de lo demás.
Porque solo el pueblo ayuda al pueblo y solo el pueblo educa al pueblo.
Solo nos
tenemos a nosotros y si no nos sostenemos, seremos fagocitados por el
despliegue de una nueva y más represiva etapa en el dominio del gran capital,
un nuevo orden mundial, de restricción de nuestros derechos y precarización de
la vida sin precedentes. En esta resistencia no podemos soltarnos y no podemos
dejar de reparar el tejido social. Al menos
mientras podamos seguir haciéndolo.
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