Crónica de la lectura del amigo wayuú en el marco de descentralización poética
“La palabra es un honor”
La lectura de nuestro amigo, Miguel Angel Ipuana, el poeta wayuu, en el centro cultural ainil el sábado pasado fue del todo atípica. Poca gente, los que leíamos, Elena Pulkillanca, Alan Paillan, Alberto Guzmán, Oscar Saavedra y Anahí, Chuncho, José Maria Memet, el Fede Eissner, quien escribe y un señor cuyo nombre he olvidado.
La sala, de paredes de adobe, tenia una forma hexagonal y por esas casualidades de la vida los pocos que éramos nos dispusimos en forma circular.
No había micrófono así que recitamos a viva voz, por momentos peleando el audio con una banda que sonaba muy similar a los chancho en piedra en estruendo y estilo, que tocaban en el recinto de al lado (probablemente) pero cuyas vibraciones sonoras sentíamos muy cerca de nuestros oídos.
Acostumbrados a nadar contra la corriente, soldados de peleas mayores, decidimos darle a la lectura como si nada a nuestro alrededor pasara.
Partió Jose Maria con textos inéditos, de un libro titulado algo así como en todos los hombres se encuentra la divinidad. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Memet, desde las primeras versiones del Chile Poesia, el festival que creó y que dirige desde el 2000. Se que no peco de injusta si digo que mi amigo ha sido invariablemente relegado de las lecturas públicas por esa fea costumbre local de aislar a los que les va bien en algo.
Luego Alan Paillan canto lo suyo. Lo hizo desde el mismo lugar donde estaba sentado, sin subir al improvisado escenario, marcando con este gesto, la dinámica de pentukun o conversación tribal que tuvo el encuentro todo el tiempo.
Elena Pulkillanka eligió pararse bajo una luz y desde ahí recito sus versos que hablan de la contaminación que carcome los pulmones de todos en esta tierra arrasada.
Oscar no quiso leer y me cedió el espacio en nombre de descentralización que hacia de anfitrión.
Finalmente cuando le llego el turno a nuestro invitado, todas las lógicas se invirtieron.
Ipuana quiso comenzar con un conjuro que consistía en hacer un círculo con todos los presentes tomados de la mano donde uno le decía al del lado “Yo soy tu” y este respondía “Tu eres yo” y así hasta completar la cadena.
Cuando le llego el turno al señor cuyo nombre no recuerdo, y teniendo este una dificultad para escuchar que ignorábamos, respondió medio confundido “Voy a pensarlo”, haciéndonos estallar en risas.
Luego, Miguel Angel, no recitó en el sentido estricto de la palabra sino que cantó, nos enseño conjuros en su lengua, tocó el trompe, allá conocido como trompa, habló de lo que significa cada sonido, de las correspondencias de los sonidos con las emociones del cantor, nos contó de la Guajira, su tierra, en la selva colombiana, de la lucha de su pueblo y de cómo han sobrevivido a las múltiples invasiones. Nos contó que al entrar a Chile en la aduana le fue requisado su bastón ceremonial, por unos funcionarios racistas que no entendieron que él era embajador de otra sabiduría y que el báculo era un objeto divino que lo consagraba hombre en esta tierra y que por lo tanto no tenía parásitos ni bacterias. Fue una afrenta pero también una enseñanza nos dijo sin perder jamás la calma ni la sonrisa.
Luego pidió opiniones, quería escuchar quienes éramos, que pensábamos, cómo vivíamos. “Yo vine a un congreso en Temuco porque quería conocer peñis y sólo vi académicos” dijo a propósito de su experiencia en un encuentro de culturas indígenas. De ahí para adelante y dado a que el hielo ya estaba roto, todos soltamos ideas, teorías, sentimientos, un poco de historia de Chile y personal. Aparecieron rabias, desazones, preguntas.
Sin darnos cuenta estábamos tejiendo, cantando, hilando nuestras individualidades en un dibujo colectivo. El conjuro resultó. Tu eres yo, yo soy tú, aunque deba pensarlo un poco antes.
Algunas conclusiones; la palabra es la memoria y la memoria es el alma de los pueblos, cuando un pueblo pierde la memoria, corrompe su palabra, ese pueblo sucumbe como colectividad, se fractura, entra en crisis, como un zombie sin alma pierde la ruta. El poeta es el guardián de la palabra que no puede sino ser verdadera, no un funcionario del poder, su tarea es sagrada ya que la palabra es un honor. Sabiduría ancestral perfectamente aplicable a nuestros duros tiempos contemporáneos.
La jornada terminó con fotos, abrazos, bebidas locales que le fueron ofrecidas al hermano wayuú y que por supuesto bebió con fruición en la casa del chucho a dónde nos fuimos a terminar de hermanar. No sabemos si los funcionarios de aduana le entregaron su bastón ceremonial cuando iba de regreso a casa, ojalá que si. Solo sabemos que Miguel Angel sigue teniendo una sonrisa muy bonita.
La sala, de paredes de adobe, tenia una forma hexagonal y por esas casualidades de la vida los pocos que éramos nos dispusimos en forma circular.
No había micrófono así que recitamos a viva voz, por momentos peleando el audio con una banda que sonaba muy similar a los chancho en piedra en estruendo y estilo, que tocaban en el recinto de al lado (probablemente) pero cuyas vibraciones sonoras sentíamos muy cerca de nuestros oídos.
Acostumbrados a nadar contra la corriente, soldados de peleas mayores, decidimos darle a la lectura como si nada a nuestro alrededor pasara.
Partió Jose Maria con textos inéditos, de un libro titulado algo así como en todos los hombres se encuentra la divinidad. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Memet, desde las primeras versiones del Chile Poesia, el festival que creó y que dirige desde el 2000. Se que no peco de injusta si digo que mi amigo ha sido invariablemente relegado de las lecturas públicas por esa fea costumbre local de aislar a los que les va bien en algo.
Luego Alan Paillan canto lo suyo. Lo hizo desde el mismo lugar donde estaba sentado, sin subir al improvisado escenario, marcando con este gesto, la dinámica de pentukun o conversación tribal que tuvo el encuentro todo el tiempo.
Elena Pulkillanka eligió pararse bajo una luz y desde ahí recito sus versos que hablan de la contaminación que carcome los pulmones de todos en esta tierra arrasada.
Oscar no quiso leer y me cedió el espacio en nombre de descentralización que hacia de anfitrión.
Finalmente cuando le llego el turno a nuestro invitado, todas las lógicas se invirtieron.
Ipuana quiso comenzar con un conjuro que consistía en hacer un círculo con todos los presentes tomados de la mano donde uno le decía al del lado “Yo soy tu” y este respondía “Tu eres yo” y así hasta completar la cadena.
Cuando le llego el turno al señor cuyo nombre no recuerdo, y teniendo este una dificultad para escuchar que ignorábamos, respondió medio confundido “Voy a pensarlo”, haciéndonos estallar en risas.
Luego, Miguel Angel, no recitó en el sentido estricto de la palabra sino que cantó, nos enseño conjuros en su lengua, tocó el trompe, allá conocido como trompa, habló de lo que significa cada sonido, de las correspondencias de los sonidos con las emociones del cantor, nos contó de la Guajira, su tierra, en la selva colombiana, de la lucha de su pueblo y de cómo han sobrevivido a las múltiples invasiones. Nos contó que al entrar a Chile en la aduana le fue requisado su bastón ceremonial, por unos funcionarios racistas que no entendieron que él era embajador de otra sabiduría y que el báculo era un objeto divino que lo consagraba hombre en esta tierra y que por lo tanto no tenía parásitos ni bacterias. Fue una afrenta pero también una enseñanza nos dijo sin perder jamás la calma ni la sonrisa.
Luego pidió opiniones, quería escuchar quienes éramos, que pensábamos, cómo vivíamos. “Yo vine a un congreso en Temuco porque quería conocer peñis y sólo vi académicos” dijo a propósito de su experiencia en un encuentro de culturas indígenas. De ahí para adelante y dado a que el hielo ya estaba roto, todos soltamos ideas, teorías, sentimientos, un poco de historia de Chile y personal. Aparecieron rabias, desazones, preguntas.
Sin darnos cuenta estábamos tejiendo, cantando, hilando nuestras individualidades en un dibujo colectivo. El conjuro resultó. Tu eres yo, yo soy tú, aunque deba pensarlo un poco antes.
Algunas conclusiones; la palabra es la memoria y la memoria es el alma de los pueblos, cuando un pueblo pierde la memoria, corrompe su palabra, ese pueblo sucumbe como colectividad, se fractura, entra en crisis, como un zombie sin alma pierde la ruta. El poeta es el guardián de la palabra que no puede sino ser verdadera, no un funcionario del poder, su tarea es sagrada ya que la palabra es un honor. Sabiduría ancestral perfectamente aplicable a nuestros duros tiempos contemporáneos.
La jornada terminó con fotos, abrazos, bebidas locales que le fueron ofrecidas al hermano wayuú y que por supuesto bebió con fruición en la casa del chucho a dónde nos fuimos a terminar de hermanar. No sabemos si los funcionarios de aduana le entregaron su bastón ceremonial cuando iba de regreso a casa, ojalá que si. Solo sabemos que Miguel Angel sigue teniendo una sonrisa muy bonita.
1 comment:
Qué hermosa crónica Elizabeth, esta experiencia le hace falta a la literatura... te envidio por haber sido parte de...
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