¿De que hablamos cuando hablamos de amor?
¿De que hablamos cuando hablamos de amor?
Casi siempre de violencia. Al menos en mi corta pero intensa experiencia, las relaciones afectivas, TODAS, familiares, de pareja, de amistad, están atravesadas por múltiples formas de violencia, que van desde su manifestación mas gruesa, una piña en el ojo, una patada en el cráneo, una bofetada que te parte el labio, un tirón de pelo que te arrastra varios metros por el suelo, hasta formas mas sutiles como la descalificación y el abandono.
Debe ser por eso que cada vez que creo estar en las puertas del amor me vienen unas ganas incontenibles de llorar y de salir corriendo. Algo en mi intuye que sufriré como chanchito que va al matadero. Y sin embargo uno va, siempre va.
La violencia se gesta en el centro mismo de la sagrada familia chilena. Por estas tierras no es tan usual que un asaltante te saque los ojos por puro gusto o que un delincuente común y corriente se ensañe con su victima en un festín de sangre digno de Cayo Calígula, pero la violencia se cultiva y practica en casa como un difundido deporte nacional.
Mi abuelastro tenía por costumbre aforrarle a mi abuela casi todas las tardes en que llegaba borracho al pequeño ranchito al sur de Talca, donde vivían. Mi abuela, por su parte, practicaba en menor intensidad (hay que reconcer), el boxeo amateur con sus once hijos sin distinción de edad, sexo o jerarquía por orden de nacimiento.
El menor de mis tíos un día casi le corta la yugular a su padre con el cuchillo carnicero por defender a mi abuela que yacía sin conocimiento en el suelo con la cabeza partida en dos. Mi madre se fue de su casa a los 14 años, emigró a la ciudad sin saber leer ni escribir a trabajar de nana, en los tiempos en que el trabajo doméstico solo se pagaba con alojamiento y comida, huyendo del abuelastro que a los primeros signos de la llegada de la adolescencia en esa hija que además no era su hija, sino del primer matrimonio de mi abuela, de ese marido, mi abuelo, al que asesinaron por la espalada por venganza unos cuatreros; Cuando esa hijastra comenzó a hacerse mujer las caricias del abuelastro se volvieron molestamente mas audaces.
La historia no era ningún drama, sino la cotidiana forma de vivir de gente sumida en las durezas del campo chileno.
Posteriormente, mis tías hicieron lo mismo que mi madre, emigraron del campo a la ciudad, todas con el consabido temor a la lascivia del padre.
Mi madre, por su parte, más evolucionada, maltrató verbal y sicológicamente durante 40 años a mi padre, el que, debido a su carácter pasivo, eligió como venganza el sutil arte del abandono, un abandono largo y soterrado, que todavía no termina de ejecutar completamente.
Mi hermana, perfeccionista y neurótica violenta a sus hijas, mis sobrinas de 5, 7 y 13 años con el látigo de la hiperexigencia y una disciplina militar que no admite posibilidad de error, es decir, con la misma practica que padecimos nosotras de pequeñas y también mi cuñado.
Yo maltrato a mis amantes de las maneras más ingeniosas y he padecido maltratos también variados en intensidad y gravedad.
Me han golpeado y yo he golpeado, siguiendo una vieja escuela de daños y recompensas. Si te pego es porque te quiero y lo que quiero es corregirte, disciplinarte, para que me obedezcas, para tu propia felicidad que no eres capaz de ver.
La letra con sangre entra. Eso que parece tan antiguo es acá una idea profundamente arraigada y difundida sobre todo entre padres, profesores y en general en casi toda forma de pedagogía.
La violencia aquí debe ser lo único que abarca todas las clases sociales generosamente.
Por su parte y para no ser menos, el estado y la fuerza pública, hacen lo suyo, ejerciendo su derecho a castigar y violentar bajo la excusa del orden y la defensa de la institucionalidad. Para que vamos a hablar de la violencia en el transporte público, que alcanza por estos días niveles paradigmáticos, casi barrocos de indolencia y dolor.
Estos dias he visto en las calles cosas aberrantes, como a una turba de gente pasar sobre un enfermo de parkinson sin dinero para tomar un taxi que se caía al suelo cada dos pasos en una desesperada carrera por alcanzar una micro. He visto gente llorando sola en las calles, arrasada por la impotencia y el dolor.
Casi siempre de violencia. Al menos en mi corta pero intensa experiencia, las relaciones afectivas, TODAS, familiares, de pareja, de amistad, están atravesadas por múltiples formas de violencia, que van desde su manifestación mas gruesa, una piña en el ojo, una patada en el cráneo, una bofetada que te parte el labio, un tirón de pelo que te arrastra varios metros por el suelo, hasta formas mas sutiles como la descalificación y el abandono.
Debe ser por eso que cada vez que creo estar en las puertas del amor me vienen unas ganas incontenibles de llorar y de salir corriendo. Algo en mi intuye que sufriré como chanchito que va al matadero. Y sin embargo uno va, siempre va.
La violencia se gesta en el centro mismo de la sagrada familia chilena. Por estas tierras no es tan usual que un asaltante te saque los ojos por puro gusto o que un delincuente común y corriente se ensañe con su victima en un festín de sangre digno de Cayo Calígula, pero la violencia se cultiva y practica en casa como un difundido deporte nacional.
Mi abuelastro tenía por costumbre aforrarle a mi abuela casi todas las tardes en que llegaba borracho al pequeño ranchito al sur de Talca, donde vivían. Mi abuela, por su parte, practicaba en menor intensidad (hay que reconcer), el boxeo amateur con sus once hijos sin distinción de edad, sexo o jerarquía por orden de nacimiento.
El menor de mis tíos un día casi le corta la yugular a su padre con el cuchillo carnicero por defender a mi abuela que yacía sin conocimiento en el suelo con la cabeza partida en dos. Mi madre se fue de su casa a los 14 años, emigró a la ciudad sin saber leer ni escribir a trabajar de nana, en los tiempos en que el trabajo doméstico solo se pagaba con alojamiento y comida, huyendo del abuelastro que a los primeros signos de la llegada de la adolescencia en esa hija que además no era su hija, sino del primer matrimonio de mi abuela, de ese marido, mi abuelo, al que asesinaron por la espalada por venganza unos cuatreros; Cuando esa hijastra comenzó a hacerse mujer las caricias del abuelastro se volvieron molestamente mas audaces.
La historia no era ningún drama, sino la cotidiana forma de vivir de gente sumida en las durezas del campo chileno.
Posteriormente, mis tías hicieron lo mismo que mi madre, emigraron del campo a la ciudad, todas con el consabido temor a la lascivia del padre.
Mi madre, por su parte, más evolucionada, maltrató verbal y sicológicamente durante 40 años a mi padre, el que, debido a su carácter pasivo, eligió como venganza el sutil arte del abandono, un abandono largo y soterrado, que todavía no termina de ejecutar completamente.
Mi hermana, perfeccionista y neurótica violenta a sus hijas, mis sobrinas de 5, 7 y 13 años con el látigo de la hiperexigencia y una disciplina militar que no admite posibilidad de error, es decir, con la misma practica que padecimos nosotras de pequeñas y también mi cuñado.
Yo maltrato a mis amantes de las maneras más ingeniosas y he padecido maltratos también variados en intensidad y gravedad.
Me han golpeado y yo he golpeado, siguiendo una vieja escuela de daños y recompensas. Si te pego es porque te quiero y lo que quiero es corregirte, disciplinarte, para que me obedezcas, para tu propia felicidad que no eres capaz de ver.
La letra con sangre entra. Eso que parece tan antiguo es acá una idea profundamente arraigada y difundida sobre todo entre padres, profesores y en general en casi toda forma de pedagogía.
La violencia aquí debe ser lo único que abarca todas las clases sociales generosamente.
Por su parte y para no ser menos, el estado y la fuerza pública, hacen lo suyo, ejerciendo su derecho a castigar y violentar bajo la excusa del orden y la defensa de la institucionalidad. Para que vamos a hablar de la violencia en el transporte público, que alcanza por estos días niveles paradigmáticos, casi barrocos de indolencia y dolor.
Estos dias he visto en las calles cosas aberrantes, como a una turba de gente pasar sobre un enfermo de parkinson sin dinero para tomar un taxi que se caía al suelo cada dos pasos en una desesperada carrera por alcanzar una micro. He visto gente llorando sola en las calles, arrasada por la impotencia y el dolor.
Tenemos una sociedad me parece, especialmente tolerante al maltrato y al abuso y particularmente torpe en el ejercicio del amor, la empatía, la solidaridad y otros atributos humanos incompatibles con en este neofascismo de mercado del cual somos tan ejemplares discípulos.
¿Herencia de Pinochet? No creo. Mi tesis es que viene de muchísimo más atrás. Cada pueblo tiene el dictador que se merece.
La violencia siempre se ejerce desde una total asimetría de fuerzas. Siempre del mas fuerte al mas débil, del padre al hijo, del rico al pobre, de un tipo armado hasta los dientes hacia un enemigo en la total indefensión.
Violencia extendida y polimorfa, como una peste, como una maldición bíblica sobre esta tierra tan castigada.
¿Qué es la imposición de una modernidad que arrasa con todo a su paso, que no respeta a los ancianos ni a los niños, que no respeta la historia, la debilidad de la gente, los limites del cuerpo, el cansancio y la enfermedad sino una forma de violencia organizada desde el Estado para con el pueblo?
¿Qué es la explotación, los bajos sueldos, el abuso laboral, el robo del tiempo, el esfuerzo y el trabajo de otros, sino una forma de violencia, permitida y casi abalada por la ley que ante estos costos del crecimiento económico cierra los ojos e ignora?
¿No es violento un sistema económico que obliga al trabajo infantil y que hace de la educación y la salud un lujo cada vez mas inaccesible y no un derecho?, ¿No es violento un sistema económico que impide cualquier realización humana fuera de la producción y el consumo?
¿No es violenta una clase política que con superávit fiscal histórico declara sin pudor que prefiera ahorrar o invertir en el extranjero antes que gastar la plata del cobre en la llamada agenda social?
Por eso digo, que la violencia no nace por generación espontánea, por una suerte de psicopatía inherente a las clases inferiores, sino que es una respuesta, la única posible, a un orden que asfixia cada día un poquito mas como en una tortura china.
Mi humilde opinión es que Santiago es una ciudad diseñada para el castigo, fea, contaminada, pretenciosa, clasista, dividida, vigilada, sin vida nocturna, sin acceso a información plural o de calidad, sin vida cultural, con el peor y más caro transporte público me atrevería a decir del mundo, sin baños, sin veredas para caminar, sin plazas, sin descanso. Santiago es en ese sentido una ciudad ejemplar, es un verdugo que no da tregua. Ejemplos por estos días sobran.
¿Herencia de Pinochet? No creo. Mi tesis es que viene de muchísimo más atrás. Cada pueblo tiene el dictador que se merece.
La violencia siempre se ejerce desde una total asimetría de fuerzas. Siempre del mas fuerte al mas débil, del padre al hijo, del rico al pobre, de un tipo armado hasta los dientes hacia un enemigo en la total indefensión.
Violencia extendida y polimorfa, como una peste, como una maldición bíblica sobre esta tierra tan castigada.
¿Qué es la imposición de una modernidad que arrasa con todo a su paso, que no respeta a los ancianos ni a los niños, que no respeta la historia, la debilidad de la gente, los limites del cuerpo, el cansancio y la enfermedad sino una forma de violencia organizada desde el Estado para con el pueblo?
¿Qué es la explotación, los bajos sueldos, el abuso laboral, el robo del tiempo, el esfuerzo y el trabajo de otros, sino una forma de violencia, permitida y casi abalada por la ley que ante estos costos del crecimiento económico cierra los ojos e ignora?
¿No es violento un sistema económico que obliga al trabajo infantil y que hace de la educación y la salud un lujo cada vez mas inaccesible y no un derecho?, ¿No es violento un sistema económico que impide cualquier realización humana fuera de la producción y el consumo?
¿No es violenta una clase política que con superávit fiscal histórico declara sin pudor que prefiera ahorrar o invertir en el extranjero antes que gastar la plata del cobre en la llamada agenda social?
Por eso digo, que la violencia no nace por generación espontánea, por una suerte de psicopatía inherente a las clases inferiores, sino que es una respuesta, la única posible, a un orden que asfixia cada día un poquito mas como en una tortura china.
Mi humilde opinión es que Santiago es una ciudad diseñada para el castigo, fea, contaminada, pretenciosa, clasista, dividida, vigilada, sin vida nocturna, sin acceso a información plural o de calidad, sin vida cultural, con el peor y más caro transporte público me atrevería a decir del mundo, sin baños, sin veredas para caminar, sin plazas, sin descanso. Santiago es en ese sentido una ciudad ejemplar, es un verdugo que no da tregua. Ejemplos por estos días sobran.
3 comments:
mis saludos desde argentina sur. Me gustan mucho tus textos y acompaño lo amargo de tu crónica. Es lo que nos toca.
Me gustó mucho la crónica Eli y siempre me he hecho la misma pregunta, sexo igual al amor?
Creo que la violencia se ha convertido en una especie de placer, en un orgasmo múltiple cotidiano, una droga de la cual ya todos hemos probado y por lo tanto ya nadie puede dejar, es así que ni los sabios, ni los jesuitas con sotanas, ni los mediocres abogados, y menos los acaudalados médicos pueden cura. Puedo verme en un café entre cuatro amigas criticando a los hombres y quejándonos de sus maltratos, puedo decirles que los dejen, que no podemos dejar que nos traten así; pero cuando es ese mi caso y yo soy la víctima, puedo sólo dejarme arrastrar y morbosamente sentir placer de mi llanto, y de las bofetadas con los cinco dedos, o con las mil palabras filudas. Puedo verme hablando con una amiga y alentando de se vaya de su casa, que deje a sus padres, y que le ponga fin a tanta dictadura barata, a tanto régimen lleno de rancias costumbres y tradicionalismos; puedo y estoy en el mismo caso y aún no me atrevo a escapar por miedo de herir a mamá, y en si porque quizás le haya encontrado la delicia a esta hormiga atracada que tengo en el pecho, que me hinca con las patas sucias, que apreta el corazón y enmudece mis reclamos. La violencia, el sufrimiento, se ha vuelto hoy en día la mercadería barata de un sol que venden en la calle los ambulantes y que todo el mundo compra y que todo el mundo usa; no sé, si sea la moda, o un régimen que ya estableció y no piensa irse. De mi parte yo, en mi condición plebeya depresiva admito ser una fiel consumista del dolor y del maltrato. Jodida pero contenta!.
Post a Comment