Arte/vida
Una nota sobre Limpieza colectiva como obra de arte de
Elizabeth Neira
“La
pérdida nos reúne a todos en un tenue nosotros”
(Judith Butler, Vida Precaria)
Alejandra Castillo
La
limpieza es asunto de mujeres. Cual hijas de Sísifo, las mujeres se entregan
ágiles día a día a las labores del barrido, del fregado y del lavado. Una y
otra vez, una y otra vez. Las tareas de la limpieza parecen definir aquello del
eterno femenino, circularidad que en cada giro define a las mujeres en su sitio,
idénticas a sí mismas, productoras improductivas de un orden doméstico, limpio,
ordenado y puro. La limpieza: otro nombre de las mujeres. La ironía feminista
de Simone de Beauvoir ha puesto de manifiesto esta peculiar definición de las
mujeres: “Hay pocas tareas que se asemejen más que las del ama de casa al
suplicio de Sísifo; día tras día, tiene que lavar los platos, quitar el polvo,
zurcir la ropa que mañana estará sucia, polvorienta rota. El ama de casa se
desgasta corriendo sin moverse de su sitio; no hace nada; simplemente perpetúa
el presente; no tiene la impresión de conquistar un Bien positivo, sino de
luchar indefinidamente contra un Mal: es una lucha que recomienza todos los
días”[1].
Es, precisamente, en este tiempo sin
tiempo de la limpieza donde Elizabeth Neira da inicio a su performance/intervención
urbana Limpieza Colectiva como obra de
arte[2].
Desplazando la limpieza de los días y afanes privados y de las actividades
femeninas, Elizabeth Neira describirá la limpieza, sin embargo, como un acto
social, público, a plena luz. Hombres y mujeres, voluntarios, voluntarias,
decididos en tomar parte de una política del cuidado pública que barre, recoge,
limpia artesanalmente nuestros restos, nuestros desechos. La limpieza,
entonces, como una interrupción mínima a la paulatina y silenciosa acumulación
de despojos que vamos dejando, olvidando, al costado de nuestras vidas. Enmarcada
por aquella definición amplia que Joseph Beuys diera del arte en tanto una
acción humana, esta limpieza colectiva estará muy lejos de definirse como un
movimiento reiterativo, inmóvil, para acercarse más a una acción de arte en lo
que ésta tiene de intervención, fugacidad y creación. Una creación precaria, es
cierto.
En este punto cabría preguntarnos: ¿dónde
comienza, dónde termina el arte? Quizás, ahí, en la vida, pero no en su
esplendor, ni en su luminosidad sino más bien en sus pliegues, en sus restos,
en sus márgenes. El arte, así, demarcado por los desechos de la vida. El arte
como una interrogación constante sobre los límites de lo humano, el arte como
la puesta en escena de la precariedad de la misma vida. Vida y arte anudados en
la fragilidad de lo que cuenta como una vida. Es, tal vez, cuando las
voluntarias y los voluntarios de La
limpieza colectiva de Escalera Caracol se encuentran con el cuerpo de un
pequeño ratón muerto, el momento en que la limpieza deviene en arte. Más que enviar directamente al ratón a una bolsa de basura deciden
enterrarlo, deciden realizar el ritual de dar sepultura a un cuerpo, un ritual
de humanidad, sin duda. Un acto, fugaz, sin consecuencias. Sin embargo, un acto
que pone en cuestión los límites de lo humano en la extensión del ritual del
entierro a un animal, sin rostro, alterándose, de este modo, los límites de lo
humano y lo no humano. Tal vez en este tipo de acciones, en estas formas de
arte, estaba pensando Donna Haraway cuando señalaba que “la cara de la humanidad ha sido la cara del hombre. La
humanidad feminista debe tener otra forma, otros gestos; pero, creo, debemos tener
figuras feministas de la humanidad. Ellas no pueden ser hombre o mujer; ellas
no pueden ser lo humano como las narrativas históricas han representado el
universal genérico. Las figuras feministas no pueden, finalmente, tener un
nombre; ellas no pueden ser nativas. La humanidad feminista debe, de tal modo,
resistir a la representación, resistir a la figuración literal y a la vez
irrumpir con nuevos y poderosos tropos, nuevas figuras de lenguaje, nuevos
giros para la posibilidad histórica”[3].
Limpieza colectiva como obra de arte es una
acción que no sólo busca poner en tensión la quietud mortificante del eterno
femenino sino que por sobre todo se propone como un lugar para interrogar los
límites de la vida, los límites del arte.
[1] Simone de Beauvoir, “La mujer
casada”, El segundo sexo, Madrid,
Cátedra, 2005, p. 579.
[2] Performance, intervención urbana
realizada en Escalera Caracol, Cerro Larraín, Valparaíso, mayo, 2014.
[3]
Donna Haraway, “Ecce Homo, aint (ar’n’t) I a Woman, and Inappropiate/d Others:
the Human in a Post-Humanist Landscape”, Judith Butler & joan W. Scott
(eds.), Feminist Theorize the Political,
New York, Routledge, 1992, p. 86.