Wednesday, July 09, 2014

Texto critico sobre Limpieza Colectiva como Obra de Arte

Arte/vida
Una nota sobre Limpieza colectiva como obra de arte de Elizabeth Neira


“La pérdida nos reúne a todos en un tenue nosotros”
 (Judith Butler, Vida Precaria)


Alejandra Castillo


La limpieza es asunto de mujeres. Cual hijas de Sísifo, las mujeres se entregan ágiles día a día a las labores del barrido, del fregado y del lavado. Una y otra vez, una y otra vez. Las tareas de la limpieza parecen definir aquello del eterno femenino, circularidad que en cada giro define a las mujeres en su sitio, idénticas a sí mismas, productoras improductivas de un orden doméstico, limpio, ordenado y puro. La limpieza: otro nombre de las mujeres. La ironía feminista de Simone de Beauvoir ha puesto de manifiesto esta peculiar definición de las mujeres: “Hay pocas tareas que se asemejen más que las del ama de casa al suplicio de Sísifo; día tras día, tiene que lavar los platos, quitar el polvo, zurcir la ropa que mañana estará sucia, polvorienta rota. El ama de casa se desgasta corriendo sin moverse de su sitio; no hace nada; simplemente perpetúa el presente; no tiene la impresión de conquistar un Bien positivo, sino de luchar indefinidamente contra un Mal: es una lucha que recomienza todos los días”[1].
Es, precisamente, en este tiempo sin tiempo de la limpieza donde Elizabeth Neira da inicio a su performance/intervención urbana Limpieza Colectiva como obra de arte[2]. Desplazando la limpieza de los días y afanes privados y de las actividades femeninas, Elizabeth Neira describirá la limpieza, sin embargo, como un acto social, público, a plena luz. Hombres y mujeres, voluntarios, voluntarias, decididos en tomar parte de una política del cuidado pública que barre, recoge, limpia artesanalmente nuestros restos, nuestros desechos. La limpieza, entonces, como una interrupción mínima a la paulatina y silenciosa acumulación de despojos que vamos dejando, olvidando, al costado de nuestras vidas. Enmarcada por aquella definición amplia que Joseph Beuys diera del arte en tanto una acción humana, esta limpieza colectiva estará muy lejos de definirse como un movimiento reiterativo, inmóvil, para acercarse más a una acción de arte en lo que ésta tiene de intervención, fugacidad y creación. Una creación precaria, es cierto.
En este punto cabría preguntarnos: ¿dónde comienza, dónde termina el arte? Quizás, ahí, en la vida, pero no en su esplendor, ni en su luminosidad sino más bien en sus pliegues, en sus restos, en sus márgenes. El arte, así, demarcado por los desechos de la vida. El arte como una interrogación constante sobre los límites de lo humano, el arte como la puesta en escena de la precariedad de la misma vida. Vida y arte anudados en la fragilidad de lo que cuenta como una vida. Es, tal vez, cuando las voluntarias y los voluntarios de La limpieza colectiva de Escalera Caracol se encuentran con el cuerpo de un pequeño ratón muerto, el momento en que la limpieza deviene en arte. Más que enviar directamente al ratón a una bolsa de basura deciden enterrarlo, deciden realizar el ritual de dar sepultura a un cuerpo, un ritual de humanidad, sin duda. Un acto, fugaz, sin consecuencias. Sin embargo, un acto que pone en cuestión los límites de lo humano en la extensión del ritual del entierro a un animal, sin rostro, alterándose, de este modo, los límites de lo humano y lo no humano. Tal vez en este tipo de acciones, en estas formas de arte, estaba pensando Donna Haraway cuando señalaba que “la cara de la humanidad ha sido la cara del hombre. La humanidad feminista debe tener otra forma, otros gestos; pero, creo, debemos tener figuras feministas de la humanidad. Ellas no pueden ser hombre o mujer; ellas no pueden ser lo humano como las narrativas históricas han representado el universal genérico. Las figuras feministas no pueden, finalmente, tener un nombre; ellas no pueden ser nativas. La humanidad feminista debe, de tal modo, resistir a la representación, resistir a la figuración literal y a la vez irrumpir con nuevos y poderosos tropos, nuevas figuras de lenguaje, nuevos giros para la posibilidad histórica”[3].
Limpieza colectiva como obra de arte es una acción que no sólo busca poner en tensión la quietud mortificante del eterno femenino sino que por sobre todo se propone como un lugar para interrogar los límites de la vida, los límites del arte.



[1] Simone de Beauvoir, “La mujer casada”, El segundo sexo, Madrid, Cátedra, 2005, p. 579.
[2] Performance, intervención urbana realizada en Escalera Caracol, Cerro Larraín, Valparaíso, mayo, 2014.
[3] Donna Haraway, “Ecce Homo, aint (ar’n’t) I a Woman, and Inappropiate/d Others: the Human in a Post-Humanist Landscape”, Judith Butler & joan W. Scott (eds.), Feminist Theorize the Political, New York, Routledge, 1992, p. 86.