Saturday, October 27, 2012

Algunas impresiones de mi primera elección presidencial o de cuando votar no era una mierda



De Crónicas Amargas
Por Eli Neira


Recuerdo que cuando cumplí los 18 años lo primero que hizo mi mama fue llevarme a los recién abiertos registros electorales. Era la primera vez que se votaría en Chile para elegir presidente de la república después de muchísimo tiempo. La dictadura formalmente había llegado a su fin después del histórico plebiscito del 88, donde Chile le dijo “NO” a Pinochet.
En esas históricas primeras elecciones democráticas, se postulaba por la derecha Hernán BÜchi ex ministro de finanzas del general, por la recién creada Concertación de Partidos por la Democracia, Patricio Aylwin y por el centro un empresario payaso al que le decían Fra Fra Errázuriz. Mi mamá iba a votar por BÜchi y trató de convencernos a todos en la casa que hiciéramos lo mismo. Pero ella sabía que con mi hermana y mi papá teníamos posturas diversas. La más a la izquierda era yo, mi hermana más cercana al entonces naciente PPD y mi papá jamás lo supimos. Era un acontecimiento importante estas elecciones y mi mamá tomándole el pulso a la historia, me llevo al registro electoral donde mi inscribí.
Esa vez tuve una hermosa emoción. Me sentí grande, haciendo algo verdaderamente importante para mi país. Yo era chica, 18 años recién cumplidos y creía firmemente en la fuerza del arco iris. Ese año hubo muchas marchas y fuimos a casi todas con mis amigas del colegio de monjas de clase media donde estudiaba. Era primavera como ahora, éramos todas adolescentes, todas lindas, todas lesas. A las marchas también iban los chicos que nos gustaban y pasaban cosas. Se pasaba lindo, intenso. Tomábamos cervezas y fumábamos marihuana después en alguna plaza. Todo era risa, besos con lengua y banderitas de colores. Me gustaba la cara del che flameando en las banderas rojas, lo amaba. Me gustaba ir a la población La Legua por esos años porque ahí también pasaban cosas. Me gustaban las concentraciones en el Parque O´ Higgins y los recitales en el Estadio Chile. El día de la votación nos levantamos todos muy temprano en casa y mi papa nos fue a dejar en la citroneta a mi, mi mama y mi hermana donde votábamos las mujeres, en el corazón de San Joaquín, en una escuela pública del ex cordón industrial de la Unidad Popular, después abandonado como dentadura de dinosaurio.
Las opciones para mi eran clarísimas, Bucchi era Pinochet con un disfraz de joven escalador de montañas. Aylwin era la Concertación y la Concertación era el pueblo en ese momento. ¡Cuanta juvenil ingenuidad en esos días! Y es el que el pueblo de Chile es ingenuo. En Latinoamérica somos ingenuos y jóvenes. Eso lo decían ya los conquistadores “son como niños, creen en lo que se les dice", contaba de los aborígenes en una crónica un conquistador español cuyo nombre he olvidado. Nos quedan resabios de inocencia. Sin duda.
Cuando salieron los resultados dando por ganador al Pato Aylwin, todos estábamos contentos en casa de todas maneras. Mi mamá no dramatizó ni pensó que vendrían los comunistas a quitarle lo poco que tenia. Tarde a la noche cuando apagamos el único televisor de la casa que estaba en el living donde nos reunimos para ver las noticias, mamá dijo “Con quién salga yo tendré que trabajar igual” y se fue a dormir.
Nosotras con mis amigas del colegio queríamos celebrar y nos fuimos temprano a la mañana siguiente al Parque O´Higgins donde estaban todos. Había una gran fiesta. Nadie se acuerda lo que dijo el recién electo presidente en su discurso porque imbuidos en la fiesta como estábamos, nadie lo escuchó. Gente ingenua alzaba retratos de Allende, del che, banderitas de la UP, del MIR, del PC, de la Izquierda Cristiana, de la DC, el PPD, PS y cuanto partido había esa vez aglutinados todos en un solo, alegre y sudoroso cuerpo bailante.
El pueblo celebró esa vez. Pensábamos que Chile estaba cambiando y que nosotros con nuestro voto y nuestra lucha habíamos hecho ese cambio. Éramos jóvenes e idealistas, inocentes. No sospechábamos. No vimos la traición en esa cara de gallinazo con hambre del primer presidente electo quién no tardó mucho en mostrarnos el tilde cobarde y abyecto de lo tiempos que vendrían. Pero entonces éramos jóvenes e ingenuos y creímos en la fuerza del arco iris, el mismo que con los años de convirtió en un arco gris, una mala película en blanco y negro de gánsters, ladrones, policías y traidores.