Por Eli Neira
Mi abuela
tenía una amiga, la señora Marta.
El único
vínculo que conservó del campo cuando se vino a vivir a Santiago. Cuenta la
historia que en algún momento la señora Marta y mi abuela fueron vecinas.
Inquilinas del mismo fundo, en Sagrada Familia, en la séptima región. Allá por
los años 40.
Eran
físicamente muy diferentes, mi abuela era alta y gruesa, imponente, mientras
que la señora Marta era pequeña y delgada, esmirriada y había perdido casi todos
sus dientes.
Se
visitaban cada vez que podían, o mi abuela hacia sus maletas y se iba a pasar
un verano al campo a la casa de la señora Marta o era ella la que agarraba sus
canastas y se venía a la capital los
tres meses que duraba la temporada estival.
A mi me
gustaba los regalos con que ambas se agasajaban: Cuando mi abuela viajaba
llevaba pantis de nylon, colonias, desodorantes
y cosas de la ciudad. Cuando la señora Marta la visitaba traía tortillas
de rescoldo, charqui, agua ardiente y hasta huevos de gallina soportaban el
trajín del tren desde Curicó a Santiago y luego las vicisitudes de la
locomoción colectiva.
Un año la
señora Marta vino con sus hijos y trajo un chancho. Lo pusieron en la tina del
baño de nuestra casa para ser faenado (No cabía en ningún otro lugar). Con la percepción aumentada de los niños, para
mí el famoso chancho se transformó en una especie de monstruo mitológico que
ocupó todo el espacio vital a mi alrededor, real y metafísicamente hablando, por
mucho tiempo. Todo ese verano duró la faena del
animal y en ella participamos toda la familia, mi papá, mis tías y sus
maridos. Mi hermana y yo veíamos ese trajín con olor a grasa y carne con la
distancia que te permite ser niña. De todas maneras no nos salvamos del todo y
nos mandaron a lavar las tripas para hacer las longanizas. Recuerdo que comimos
chancho y sus derivados, charqui, longaniza, manteca, chicharrones, por
muchísimo tiempo. Tanto tiempo que yo demoré muchos años en volver a sentir
apetito por la carne de cerdo.
Sin
teléfono ni internet, mi abuela y la señora Marta planificaban sus encuentros a
través de cartas escritas y leídas por los hijos o los nietos ya que ambas eran
analfabetas. Las cartas podían demorar hasta tres meses en llegar a sus
destinatarias. En sus misivas ellas eran claras y breves. Y por supuesto daban
un crédito absoluto a la palabra de la otra. Entre ellas no existían las
promesas incumplidas. No podían existir.
Cuando
estaban juntas se dedicaban a todas esas tareas que demandan colectividad.
Hacían pastel de choclo, humitas, pan amasado, tortillas, ollones de porotos
granados y un largo etcétera. A los niños nos tocaba limpiar los choclos cosa que
yo odiaba porque siempre salía una oruga verde y peluda, horrorosa al tacto.
Cuando caía
la tarde mi abuela y la señora Marta se sentaban a descansar y tomar el mate. Cuentan mis tías que fue a
causa de su adicción al mate que a la señora Marta se le cayeron los dientes cuando
aún no llegaba a los 60. Mi abuela usaba
placa.
Frente al
brasero con la tetera siempre lista, ellas hablaban mientras desgranaban habas, porotos o arvejas. Sus manos no estaban nunca
quietas.
No hablaban
de hombres ni de otras mujeres.
Hablaban de
cosechas, semillas, animales, huevos. La señora Marta era experta en huevos de
colores y conocía muy bien todas las razas de gallinas disponibles en su
territorio. Mi abuela en cambio era autoridad en flores e injertos. Y así se
pasaban los días juntas haciendo cosas para los demás pero por ellas mismas.
Hasta que
un día cualquiera mi abuela dejó de recibir noticias de la señora Marta y la
tristeza de sobrevivir a los amigos se apoderó de ella. Ningún hijo se acordó de enviar un telegrama
o una carta a la amiga en Santiago que murió bastante después a los 93 años,
En un mundo
hostil donde el marido era el enemigo y el cerro el escondite que podía
salvarles la vida cuando llegaba el momento de los golpes, algo muy importante se fraguó para siempre entre estas dos mujeres.
Ellas no
eran feministas ni tenían la más remota idea de lo que la palabra sororidad
significaba. Ellas simplemente sobrevivieron a sus entornos, probablemente algo
que no hubiera sido posible la una sin
la otra. En un mundo de vínculos desechables la sencilla amistad de mi abuela y
la señora Marta me recuerda hoy que el amor entre las mujeres, más allá de todo
marco teórico, puede ser libre toda posesión y noble como el oro.
Con la
muerte de mi abuela mi familia cortó el lazo con el campo y la señora Marta,
sus regalos grandiosos y humildes a la vez, pasaron al olvido entre las nuevas
generaciones dispersas en la gran ciudad. Sólo el recuerdo del chancho en la
bañera como un rey muerto persiste en mi memoria y me habla de ese tiempo
mítico tejido palabra a palabra por las dos amigas.
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