Saturday, November 24, 2018

Las amigas



Por Eli Neira

Mi abuela tenía una amiga, la señora Marta.
El único vínculo que conservó del campo cuando se vino a vivir a Santiago. Cuenta la historia que en algún momento la señora Marta y mi abuela fueron vecinas. Inquilinas del mismo fundo, en Sagrada Familia, en la séptima región. Allá por los años 40.
Eran físicamente muy diferentes, mi abuela era alta y gruesa, imponente, mientras que la señora Marta era pequeña y delgada, esmirriada y había perdido casi todos sus dientes.
Se visitaban cada vez que podían, o mi abuela hacia sus maletas y se iba a pasar un verano al campo a la casa de la señora Marta o era ella la que agarraba sus canastas  y se venía a la capital los tres meses que duraba la temporada estival.
A mi me gustaba los regalos con que ambas se agasajaban: Cuando mi abuela viajaba llevaba pantis de nylon, colonias, desodorantes  y cosas de la ciudad. Cuando la señora Marta la visitaba traía tortillas de rescoldo, charqui, agua ardiente y hasta huevos de gallina soportaban el trajín del tren desde Curicó a Santiago y luego las vicisitudes de la locomoción colectiva.
Un año la señora Marta vino con sus hijos y trajo un chancho. Lo pusieron en la tina del baño de nuestra casa para ser faenado (No cabía en ningún otro lugar).  Con la percepción aumentada de los niños, para mí el famoso chancho se transformó en una especie de monstruo mitológico que ocupó todo el espacio vital a mi alrededor, real y metafísicamente hablando, por mucho tiempo. Todo ese verano duró la faena del  animal y en ella participamos toda la familia, mi papá, mis tías y sus maridos. Mi hermana y yo veíamos ese trajín con olor a grasa y carne con la distancia que te permite ser niña. De todas maneras no nos salvamos del todo y nos mandaron a lavar las tripas para hacer las longanizas. Recuerdo que comimos chancho y sus derivados, charqui, longaniza, manteca, chicharrones, por muchísimo tiempo. Tanto tiempo que yo demoré muchos años en volver a sentir apetito  por la carne de  cerdo.  
Sin teléfono ni internet, mi abuela y la señora Marta planificaban sus encuentros a través de cartas escritas y leídas por los hijos o los nietos ya que ambas eran analfabetas. Las cartas podían demorar hasta tres meses en llegar a sus destinatarias. En sus misivas ellas eran claras y breves. Y por supuesto daban un crédito absoluto a la palabra de la otra. Entre ellas no existían las promesas incumplidas. No podían existir.
Cuando estaban juntas se dedicaban a todas esas tareas que demandan colectividad. Hacían pastel de choclo, humitas, pan amasado, tortillas, ollones de porotos granados y un largo etcétera. A los niños nos tocaba limpiar los choclos cosa que yo odiaba porque siempre salía una oruga verde y peluda, horrorosa al tacto.
Cuando caía la tarde mi abuela y la señora Marta se sentaban a descansar  y tomar el mate. Cuentan mis tías que fue a causa de su adicción al mate que a la señora Marta se le cayeron los dientes cuando aún no llegaba a los 60.  Mi abuela usaba placa.
Frente al brasero con la tetera siempre lista,  ellas hablaban mientras  desgranaban habas,  porotos o arvejas. Sus manos no estaban nunca quietas.
No hablaban de hombres ni de otras mujeres.
Hablaban de cosechas, semillas, animales, huevos. La señora Marta era experta en huevos de colores y conocía muy bien todas las razas de gallinas disponibles en su territorio. Mi abuela en cambio era autoridad en flores e injertos. Y así se pasaban los días juntas haciendo cosas para los demás  pero por ellas mismas.
Hasta que un día cualquiera mi abuela dejó de recibir noticias de la señora Marta y la tristeza de sobrevivir a los amigos se apoderó de ella.  Ningún hijo se acordó de enviar un telegrama o una carta a la amiga en Santiago que murió bastante después a los 93 años,
En un mundo hostil donde el marido era el enemigo y el cerro el escondite que podía salvarles la vida cuando llegaba el momento de los golpes,  algo muy importante se fraguó  para siempre entre estas dos mujeres.
Ellas no eran feministas ni tenían la más remota idea de lo que la palabra sororidad significaba. Ellas simplemente sobrevivieron a sus entornos, probablemente algo que no hubiera sido posible  la una sin la otra. En un mundo de vínculos desechables la sencilla amistad de mi abuela y la señora Marta me recuerda hoy que el amor entre las mujeres, más allá de todo marco teórico, puede ser libre toda posesión y noble como el oro.
Con la muerte de mi abuela mi familia cortó el lazo con el campo y la señora Marta, sus regalos grandiosos y humildes a la vez, pasaron al olvido entre las nuevas generaciones dispersas en la gran ciudad. Sólo el recuerdo del chancho en la bañera como un rey muerto persiste en mi memoria y me habla de ese tiempo mítico tejido palabra a palabra por las dos amigas.


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