Saturday, November 05, 2011

Una mirada crítica a la institucionalidad cultural chilena



Foto performance eli neira "juegos nacionales", registro Cecilia Hormazabal


Por Eli Neira

Este texto es producto de una serie de reflexiones que he venido desarrollando en los últimos años a propósito de la relación que tarde o temprano los artistas tienen que sostener con el aparato cultural institucional ya sea del país donde residen o en el marco global.
En lo personal mi experiencia con la institución cultural chilena es bastante amarga; censuras, malos tratos, incumplimiento de contrato (por parte de las instituciones), amenazas con sabor a matonaje, han sido solo algunas de las sorpresas con las que me he topado, en establecimientos que llevan nombres demasiado nobles  pero cuyos funcionarios,  aun no se han bajado del caballo y creen que un museo, un teatro o una biblioteca se administran de la misma manera que un fundo  y que el artista es  el símil del peón. (Las crónicas de estos sucesos han sido publicadas en su momento en el blog crónicasapócrifas.blogspot.com  y en el libro ¡Viva Shile! De Ediciones Rabiosamente Independientes)
Por lo tanto mi postura anti institución no es tan gratuita como muchos creen.  Por otro lado, las instituciones en tanto entes financiados y muchas veces dependientes directamente del poder político central son demasiado permeables a la coyuntura política, lo que es especialmente grave en Chile, donde se ha visto ya, que la separación de los poderes del estado es una precaria ficción. Ahora bien, lógicamente la institucionalidad que se desprenderá de un estado socialista o de valores de izquierda será muy diferente a la institucionalidad que se desprende de un estado en vasallaje con el poder económico, caso local.
Mi experiencia tanto en la prensa como en la vereda de los creadores me indica que  en Chile, la vinculación con la institución cultural muchas veces tiene como costo el que la obra pasa a “ilustrar” un determinado régimen presidencial y el autor queda  automáticamente imposibilitado de ejercer cualquier pensamiento crítico. Hoy en día, con la derecha pinochetista en el poder, ejerciéndolo igual o peor que en los años del dictador, poner el logo del gobierno en un trabajo artístico no es un hecho de poca monta, ya que significa al menos para el lector de esa obra,  en mayor o menor medida una alianza con el facismo o con el sector más funesto del empresariado, mineras, hidroeléctricas,  que necesitan lavar imagen  con la cultura. Yo no sé si al resto, pero al menos a mí, formar parte de esa alianza sin cuestionarla me genera un tremendo dilema ético.
Ahora bien, mi crítica no se dirige a aquellos artistas que eligen esta alianza ya que siendo realistas, es hoy, casi la única manera de financiar proyectos grandes (casi). El problema es el grado de autonomía que a estos proyectos de arte les queda  con respecto a su discurso y lo que yo veo es que esa autonomía en la gran mayoría de los casos no existe. Defender esa autonomía es tarea de todos, de los creadores, los gestores culturales y también el público; A los creadores les corresponde valorar en primerísimo lugar el contenido de su discurso como requerimiento esencial de su trabajo (de otra manera ya estamos hablando de publicidad que es otra actividad, que poco tiene que ver con el arte) y no dejarse acallar por unas cuantas ventajas. No por nada el arte tiene status ontológico, es decir se refiere al ser y el ser es pensante. A los gestores culturales les corresponde informarse, tener una mirada amplia y flexible acorde con las dinámicas del trabajo creativo y no con los requerimientos de una industria cultural que en Chile ni siquiera existe,  y por supuesto, les cabe a los gestores respetar ante todo la autonomía del arte y del artista, sacarse de la cabeza criterios tecnócratas y reduccionistas que solo mediocrizan la producción cultural. A ambos, artista y productor cultural les corresponde entender que la institución cultural, cualquiera sea, se debe a la obra de arte y no al revés.  Por su parte, al lector le corresponde ampliar los marcos de referencia y entender que el arte es una invitación a pensar ,  que no es solo una instancia para “divertirse”, (si bien puede divertirse un montón)  sino que es una forma de generar conocimiento y que por lo tanto no funciona mediante la misma lógica.
En un mundo que clama por todos los rincones el fin del imperio del lucro, ante la evidencia de un modelo económico inhumano que se desploma en nuestras caras, me parece preocupante la tranquila complacencia con que el mundo cultural chileno acepta, aplaude y juega las reglas de este sucio juego que es ell mercado.  Hoy más que nunca es imperativo cuestionar los modos de producción, distribución y acceso a la cultura. Y eso señores no se hace desde un sillón sino desde la calle o desde una voluntad crítica a prueba de balas (o de exilios o cualquier tipo de amedrentamientos)
Como corolario decir que todo lo anterior pasa por un eje central que se llama educación, educación para la cultura, educación para todos, educación igualitaria y pluralista, eso que en Chile no tenemos y que dado el panorama no tendremos hasta que este país deje de funcionar como un fundo de la edad media y los chilenos dejemos de comportarnos como patroncitos los unos y como miedosos peones los otros.
Lejos de querer ser una pataleta, mi critica a la institucionalidad cultural chilena, quiere ser una alerta para quienes queremos efectivamente hacer del trabajo artístico una parcela libre de los vicios del poder  y que conserve al menos, sino la fuerza, si la capacidad de ser el ojo atento de una sociedad, capaz de ver lo invisible y de decir lo que nadie quiere decir cuando las direcciones se han extraviado. De otra manera y como dice una canción de calle 13, mejor me dedico a vender hot dogs!!!
Reitero, no se trata de quemar lo existente sino de construir nuestra propia y nueva manera de hacer las cosas sin aceptar vasallajes que nada tienen que ver con el arte. De eso se trata todo esto.

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