Wednesday, November 23, 2005

TE SUMAS A LA FIESTA??

¿Te sumas a la fiesta?


Cada vez que la gorda Antonia me llamaba por teléfono, yo estaba en pleno apareamiento o intentando vaciar mis intestinos en el escusado. Tenía el curioso don de adivinar mis más privadas actividades; y supongo que, de alguna manera, - inconsciente claro -, eso le provocaba alguna incontenible morbosidad, que la impulsaba, sin más, a marcar mi número con cualquier excusa.

Tan precisa era la clarividencia de la Antonia que, a veces, cuando pasaba periodos de “sequía sexual” o estreñimiento, no tenía noticias de la gorda.
Después supe que estaba enamorada de mí. Eso explicó algunas cosas. Por ahí leí que el amor es un tipo de sentimiento que provoca sincronías impresionantes. Un día ella misma me lo explicó y me dijo que lo de las llamadas era una conexión espiritual de la más genuina índole.

Me percaté del amor de la Antonia cuando comenzó a visitarme a pesar de mis muy explícitas negativas. Llegaba con golosinas y flores. De vez en cuando traía películas, todas sobre tormentosos amores lésbicos o gays. Yo me aburría mortalmente pero la dejaba hacer porque finalmente, siempre es reconfortante que alguien se tome tantas delicadezas con una, y la verdad es que, conmigo, nadie, desde hacía muchísimo tiempo, se las había tomado ni remotamente.

El asunto llegó a un punto preocupante cuando una noche, después de una de sus visitas “sorpresa” y después de haber agotado todos los recursos para persuadirla de que se fuera a su casa, sin resultado, me rendí y terminé siendo arrastrada a una disco. Me conocía la Antonia y sabía de mi incapacidad para las negativas. Ella en cambio, era la resolución misma.

Así fue como, con sueño, con ganas de hacer cualquier otra cosa y de estar en cualquier otra parte, me hallé a las dos de la mañana bailando “like a virgin” en la disco gay de moda en ese momento, cual Madonna de Patronato. Luego de una de una improvisada coreografía con los amigos de la gorda, estaba lo suficientemente transpirada y fatigada como para no moverme del mullido sillón con forma de labios que me tragaba por las caderas.

Acertado momento escogió para declararme su pasión. Yo no me podía ni los párpados y ella susurraba en mi oreja, acariciaba mis piernas y senos sin ninguna sutileza. Juntando valor le dije que saliéramos, que estaba ahogada y que necesitaba mi cama. Con la bulla y eso de que la atención es selectiva, la muy fresca se quedó sólo con lo de la cama y creyó que mi desespero por salir era un “sí” o un “vamos, he estado esperando este momento toda la noche”.

Cuando al fin salimos, la reina de Lebos estaba roja como un semáforo y sin mediar palabra ni aviso me agarró del cuello y se abalanzó sobre mi boca con todo el ímpetu de su amor largamente silenciado. Casi me traga del lenguetazo que me propinó a modo de beso. Lo malo es que a la pobre le tenía cariño, así que fue todo un lío sacármela de encima, sobre todo por su evidente superioridad volumétrica y su enérgica obstinación.

Hay que decirlo, la Antonia era una mujer con muchos cojones, que no capitularía a la primera dificultad; y al parecer, era también una verdadera experta en amores difíciles.

Esa noche, apenas me logré escapar a su abrazo sibilante abordé un taxi y huí como pude sin decir adiós. Mientras la dejaba no pude resistir mirar hacia atrás y la imagen de ELLA parada en la vereda, con el pelo revuelto, las manos empuñadas y la boca contraída me dio un golpetazo de terror. Parecía un animal feroz, dominado por un apetito insaciable, al que acababa de arrancar el bocadillo.

Durante meses no supe nada de la Antonia. Por las noches, a veces la recordaba, animalizada como fue que la vi aquella última vez. Así y todo comencé a extrañarla. Sobre todo echaba de menos las golosinas y otras gentilezas con que gordis intentaba seducirme.

Un día me sorprendí imaginándomela hurgueteando entre mis piernas. Sacudí ese pensamiento como si fuera la peste, pero era inevitable. La curiosidad, el aburrimiento y una temporada especialmente árida en cuanto a “actividad sexual”, que me había sucedido luego del episodio de la disco, hicieron de mí un atado de ansiedades y apetitos.

Por hacer algo que me aliviara volví a acostarme con Marcos, de puro confundida que estaba, pero resultó un patético saludo a la bandera. Nos aburrimos mortalmente la tarde en que fui visitarlo a su nuevo departamento, con la excusa de devolverle un libro. Marcos hacía el amor con la pasión de un cajero automático y desde su nuevo trabajo que lo consumía como la mejor de las drogas, ya ni si quiera era capaz de sostener una erección como la gente; y ni hablar de dignos sustitutos. Por otro lado “lo nuestro” como él decía, hacía rato ya que sea había podrido, si es que alguna vez tuvo algo fresco que no fuera la comunión de nuestros alcoholismos universitarios.

Así las cosas, espacio para imaginar me sobraba. Comencé a soñar con la gorda. La veía desnuda arrodillada ante mí haciendo roscas en el aire con una lengua gigantesca y rosada que luego de devorar mi clítoris introducía repetidas veces dentro de mí hasta hacerme estallar; sus pechos colgaban como dos ubres llenas de miel sobre mi cara; sus pezones taponeando mi boca eran dos berlines grasos y contundentes, rellenos con alguna sustancia espesa e indeterminada, pero vital para la existencia humana.

Soñaba con hundir mis rodillas, mis brazos y cabeza en la esponja interminable de su vientre. Imaginaba que podía nadar en el cuerpo de la gorda, que para remate olía a crema pastelera y fresas. Su piel era una frazada, tersa, caliente y llena de pliegues. Su boca tenía vida propia, era un toro indomable, rojo y lascivo. Fantaseaba con que la gorda era mi esclava y hacía cuanto le pedía. Luego cambiábamos los roles y yo era engullida por esa maquinaria (pesada) sexual.

Despertaba angustiada y con una confusa sensación de vergüenza, pudor y culpa. Se suponía que no le tenía miedo a la homosexualidad, - siempre había sido pro-gay, defendido los derechos de las minorías étnicas, los punks y todo eso que me situaba entre las chicas más “progre” de la ciudad. Sin embargo estaba aterrada. Me sentía a la deriva, víctima de una dispersión que no acababa nunca. Las cosas entraban y salían de mi vida como por un pasillo. No me gustaba lo que me estaba pasando.

Lo peor era que la Antonia no me llamaba y eso comenzó a inquietarme como jamás lo hubiera sospechado. Estaba presa de ese pedestre sentimiento propietario, típico de los amoríos burgueses, que yo tanto detestaba y contra el cual había pregonado toda mi vida. No era poca cosa esa postura mía que la gorda había logrado derrumbar con apenas un malogrado beso. Me había costado años edificar ese andamiaje de ideas tan modernas en que se cimentaba mi identidad.

A la cuarta semana la llamé yo. Estuve frente al teléfono una hora y media antes de atreverme a marcar. Luego estuve media hora más marcando y colgando antes de que alguien contestara. Hasta que de repente demoré más en la línea y sentí la voz de la “mujer de mis sueños” lengüetear mi oído. ELLA, eximia pitonisa, me facilitó las cosas. Sin que yo dijera nada armó solita todo el sainete. “Tengo una fiesta techno”, me dijo, “¿Quieres venir?”. Sonaba poderosa al otro lado de la línea. Pura determinación. Yo en cambio me había puesto líquida otra vez, sudaba, decía incoherencias que ELLA omitía con la elegancia de una gacela.

Finalmente acepté todas sus condiciones, que nos encontráramos en el lugar tal a la hora tal. Colgué congelada de miedo, me sentí como un cordero y a la vez como la más condenable de las pecadoras. El apetito de la Antonia me excitaba y asqueaba al mismo tiempo. Traté de vestirme lo menos provocativa posible, pero como por un lado quería y por otro no, el resultado fue sencillamente lamentable.

Llegué con mi esquizofrénica pinta a la esquina prevista a las 11:00 en punto. Recién veinte minutos más tarde apareció ELLA. Venía en un auto blanco con otras tres chicas en él. Me acerqué incomodada por la presencia de las amigas y con rabia disimulada por lo que estimé una demora imperdonable para una enamorada, (¿Era posible que le importara tan poco?). Venía embutida en un traje demasiado blanco y brillante para su obsceno tamaño. Me sentí agredida por su ambición sin límites. No tenía para qué subrayarse de esa manera. Le dije que no cabría en el auto, que a dónde íbamos. Se lo dije evidentemente molesta, pero a ella pareció importarle un carajo. Me contestó con una voz plástica como una muñeca de látex, que no fuera huevona, que me subiera como pudiera porque la cosa quedaba lejos, camino a Farellones para ser más exactos. Me fui callada todo el trayecto. Sentía una profunda vergüenza.

En el auto, las amigas que previamente se habían tomado un ácido (hacían alusión a ello cada dos palabras) no paraban de fumar marihuana y de hablar como oleadas de pequeños petardos que explotan a lo lejos en año nuevo, alardeando con el efecto de la droga. “¡Oye comadre!, ¡Atrévete!, ¡La droga es lo mejor!”, me decía una que lucía un peinado igual al de mi sobrina de tres años, con los mismos peines y la mochila Disney que hace juego. La otra, vestía una polera de chapulín con sus respectivas antenas y la tercera, más sobria, llevaba sólo una bonita enagua. Yo con mis jeans era un marciano.

Luego de un viaje que me pareció una tortura, llegamos a una explanada donde una masa de adolescentes vestidos con colores estridentes saltaban al ritmo sincopado de un DJ.
A pesar de los visibles indicios del inicio de la primavera hacía un frío mortal esa noche. Nos bajamos y el chapulín y su pandilla, de un salto se incorporaron a la masa bailante.

En unas mesas dispuestas por la orilla de la pista, vendían agua mineral y jugos naturales. “También tienen ácidos” me dijo la gorda cuando me vio la cara de decepción luego que pregunté por el bar, (¡No había bar!). Definitivamente no era mi planeta y al parecer me había vuelto además invisible, porque donde me ubicara alguien me atropellaba con su epiléptica coreografía.

Con resolución e indiferencia a mi visible incomodidad, la gorda se me puso a bailar en frente. Se movía con la gracia de una ballena de Orlando. Hacía piruetas con las manos, saltaba y los pechos le golpeaban la cara y luego el ombligo, como una campana llamando a comer.

Yo había decidido no metamorfosearme en el payaso saltarín que el ambiente requería de mí. Así, impertérrita me situé inmóvil a un lado de la pista a esperar la derrota o la derrota. Para mi sorpresa un adolescente de pelo violeta pero bien parecido se me puso a conversar. El muchacho no estaba nada de mal para mi apetito exacerbado, pero a la media hora deseché la idea de un polvo, luego una charla soporífica. El muchacho sólo sabía hablar de música electrónica por la que tenía la misma idiotizada y sorda fidelidad que algunas personas por ciertas religiones.

Como a las tres de la madrugada la Antonia había desaparecido por completo de mi vista. Me inquieté y salí a buscarla. ¿Qué pudo haber sucedido?, pensaba mortalmente lúcida mientras daba manotazos para poder avanzar. Un incipiente sentimiento de horfandad comenzaba a invadirme. ¿Dónde se había metido la gorda?, ¿Se había enojado por mi apatía, porque no quise saltar con ella?, me preguntaba. Recorrí la pista de principio a fin y ni señas. Ni el show de Chespirito al que divisé en una esquina supo darme alguna señal. Sólo me quedaba por recorrer el difuso e interminable espacio aledaño donde estaban estacionados los autos.

Comencé a inspeccionar. Parecía el guardia, con esa pinta triste, tan de otros tiempos. La gente dentro se incorporaba temerosa cuando yo pasaba, apagaban pitos y se escondían. “¡Vaca de mierda!”, mascullaba cuando al fin reconocí el Nisan blanco en el que habíamos arribado al maldito lugar. Al interior destellaba una pequeña lucesita. “La tarada drogodependiente se está enviciando con alguien y ni tuvo la decencia de invitarme”, me dije con resentimiento.

Cuando pegué mi nariz a la ventana vi a la Antonia recostada en su máxima extensión. Tenía su blanco atuendo arremangado alrededor del cuello, sus pechos apenas contenidos en la boca del muchacho de la peluca violeta que chupaba con dedicación, mientras un tercero desconocido lamía su sexo, tan grande y oscuro como una plantación de erizos, más exuberante de lo que había imaginado. Me quedé paralizada ¿Celos?

No hubo edificio teórico que me sirviera para detener el inminente derrumbe. Una rabia rotunda mezclada con un ya evidente y lacerante sentimiento de abandono me quebró y arrasó con la poca integridad de ánimo que me quedaba a esas alturas de la noche. ¡Qué había pasado con el amor de la Antonia!, ¿Qué pasó con sus preferencias sexuales?, ¿Era posible que hasta ella me dejara a la primera oportunidad y se fuera con lo primero que le saliera al camino? , ¿Era posible que fuera yo así de canjeable?, ¿Y los bombones? ¿Y los halagos hacia mi inteligencia, y toda las huevadas con que la orca insaciable intentaba hacerme caer en sus fauces?, ¿Era acaso igual o peor que Marcos, que Pedro, Juan y Diego y que todos los gorilas con que me había metido?, ¿Y las especificidades del género?, ¿No era que las mujeres éramos mejores?, ¿Ha?

Todavía no salía de mi estupor, con la nariz aún pegada a la ventanilla, a punto de soltar el llanto, cuando el chico del pelo violeta bajó el vidrio y me dijo. “¿Oye flaquita, te sumas a la fiesta?”.

1 comment:

Anonymous said...

Hace mucho que no emepezaba y terminaba de leer algo a la 1 de la mañana, de corrido. Me gustó en serio, como tus poemas.